martes, junio 30, 2015

1987, UNA COPA AMÉRICA PERDIDA Y UNA CONFIRMACIÓN SIN MADRINA

(Foto: Asociación Uruguaya de Fútbol y Archivo personal)

A propósito de finales de Copa América, tengo un recuerdo amargo de Chile en una de ellas. 12 de julio de 1987, domingo de acicalamiento en la casa; la confirmación de mis hermanas fue casi una anécdota en una jornada que asomaba como histórica para el fútbol chileno.

Tenía 9 años y la efervecencia de la final de la Copa América con Chile como protagonista me tenían revolucionado; una campaña sorpresiva que dejó en el camino a Venezuela, Brasil y Colombia merecía ser coronada con el título. Especialmente por ese 4-0 a la verdeamarella.

Todos corrían en la casa para que estuviera a tiempo el almuerzo, la ropa lista para la ceremonia religiosa, los tiempos calculados para que todo saliera bien.

Yo esperaba que en la cabeza del DT Orlando Aravena las cosas estuvieran tan claras y calculadas para la final como al menos yo creía que estaba todo en mi hogar; susurraba en la cabeza la leyenda uruguaya, la garra charrúa, que tantas veces había anquilosado los anhelos de gloria de la Roja.

Pero algo me dio mala espina esa tarde; la parsimonia hogareña y el juego ineficaz de los nacionales en Buenos Aires auguraban una mal epílogo.

Había bastante relajo en casa, pensando que había mucho tiempo a favor, cuando en realidad la desinformación nos tenía en un escenario opuesto: llegando al cierre de la ceremonia.

Esa despreocupación se traspasó al match. En los primeros minutos del segundo tiempo al Cóndor Rojas se le soltó una pelota tras un disparo de media distancia de José Perdomo. Bengoechea capturó el rebote y marcó el gol. Con eso bastó para que Uruguay se llevara la copa.

El enojo cundía por doquier, más aún en mi cabeza, comenzando a acostumbrarse precozmente a las frustraciones futbolísticas. La imagen vía satélite de tonos opacos en un televisor blanco y negro describía plenamente mi ánimo y el que tendría la familia, aunque por razones distintas.

Me bañé entre lágrimas de rabia por la derrota deportiva, las que pasaron desapercibidas bajo el chorro de agua.

Fue un día malo. La selección perdió la final, llegamos tarde a la ceremonia, y un día de júbilo se transformó en un drama familiar, con madrina de emergencia incluida. Un drama pasajero, pero un mal rato al fin y al cabo.

En el parsimonioso camino a la iglesia incluso hubo tiempo de fotos, como la que me tomaron esa tarde antes de salir. Mi rostro describe fielmente los sentimientos de una sufrida hinchada destrozada por ese desgraciado remate de Pablo Bengoechea. Una precisa síntesis gráfica de una infausta tarde de 1987.