lunes, octubre 28, 2013

UNA CRÍTICA TRISTE Y TRASNOCHADA AL INFRARREALISTA MARIO SANTIAGO

FOTO: Letras Libres.com

Hace unos años escribía respecto a un innecesario intento por desmitificar el mito de Roberto Bolaño, que como era de suponer, terminó en una tratativa petulante, rapaz.

Los dardos ahora apuntaron contra su amigo y también porta infrarrealista Mario Santiago; en una columna publicada el pasado 16 de octubre en Letras Libres, su autor Gabriel Zaid centra la crítica más allá de lo formalmente poético, ataca de forma artera, relativizando su ascendiente en el movimiento literario mexicano que co-fundó. "Su muerte accidental, su automitificada voluntad de marginación, el auge de la industria Bolaño y la oportunidad colateral produjeron una reedición de 'Beso eterno', una versión electrónica de 'Aullido de cisne' y dos antologías (hasta ahora)".

El texto termina por transformarse en crítica de prensa rosa cuando comienza a comentar con denodada mala leche la vida de Papasquiaro, perdiendo el objetivo literario primordial del mismo.

Tanto ensañamiento revela (qué duda cabe) el amor propio herido de un ensayista y poeta como Zaid, que calza a la perfección en el perfil de lo más aborrecido y reventado por el infrarrealismo.

¿Algo rescatable de la columna? Gracias a una cita que hace al final de la misma, uno puede llegar a una notable reseña necrológica que escribió Juan Villoro en el periódico La Jornada en 1998 tras la muerte de Mario Santiago. Muy recomendable.

El propio Villoro lo recuerda como "un obsesivo recitador de sus poemas" luego que ante su incapacidad de escucharlo declamar a las cuatro de la mañana, Papasquiaro "decidió grabar sus versos en la máquina contestadora hasta agotar el caset".

El inspirador de Ulises Lima, aquél que leía hasta en la ducha.

Cierro con una frase del manifiesto infrarrealista de Mario Santiago Papasquiaro que bien podría servir de respuesta a Zaid: "el arte en este país no ha ido más allá de un cursillo técnico para ejercer la mediocridad decorativamente".

martes, octubre 15, 2013

EL ORGULLO MOLINENSE Y LA CAMISETA DE NELSON TAPIA

FOTO: charlatecnica.cl
El desborde futbolero empezó hace instantes. La clasificación de la selección chilena al mundial de Brasil 2014 moviliza más que cualquier causa social, con caravanas de vehículos, calles repletas de gente.

Las escenas de regocijo me recordaron un hecho similar hace 16 años. Se acababa una sequía larga (desde 1982) sin asistir a una Copa del Mundo. Un triunfo sobre Bolivia 3-0 en el Estadio Nacional y el paso a Francia 98 hizo estallar de inmediato el carnaval en todo Chile.

Yo estaba en Molina, que celebró de forma especial el logro deportivo por un hecho puntual: el portero Nelson Tapia, molinense de nacimiento, en medio del festejo tras el partido, se sacó su camiseta y reveló otra con la leyenda "soy de Molina, soy chileno", transformándose en una de las postales características de esa jornada.

Un gesto que despertó el orgullo local, y quien sabe si motivó a que más hinchas (y no hinchas) salieran a las calles, a pesar del calor preveraniego de noviembre de 1997.

El jolgorio multiplicó la cantidad habitual de personajes alrededor de la plaza, lo mismo con el tráfico vehicular. El pueblo salió de su letargo dominical post almuerzo, generando un ambiente mezclado de gritos, alientos cerveceros y gases digestivos.

Aunque andaba con un dedo maltrecho, de buena gana me subí a un camión a celebrar, en un circuito rutinario y exiguo, pero ruidoso. Hubo quienes quisieron variar el trayecto de la caravana vehicular hacia otros lugares del pueblo sin éxito. Muy festivo sería el día, pero hay conductas consuetudinarias que no cambian.

Panorama tan característico de localidades del país tras un triunfo deportivo, y que tal vez se repite a esta hora en Molina, aunque con un tenor distinto.

martes, octubre 01, 2013

FLASH-BACK NOCTURNO


Por un momento pareció un viaje en el tiempo; escuchando "Un idioma sin fronteras" de Radio Exterior de España, leyendo una crónica de Revista Ñ, llevando el aire primaveral nocturno hasta al más recóndito de mis alvéolos.

Parecía 1995, tal vez 1996. Habitante de la medianoche molinense, aún con el uniforme liceano puesto, el receptor de onda corta en contacto directo con Madrid. Por la ventana las lechuzas buscaban ratones por los techos y las antenas de TV, incluso una me miraba con albo escrutinio. Todos duermen, menos mis anhelos y gustos... Y las blancas rapaces.

Me levanto de la silla y vuelvo a mi comodidad actual. Beso a mi esposa y a mis hijos, ya vencidos por el sueño. No hay lechuzas, ni tejas antiguas, sólo torres de departamento, ruido de calles, claxon, una urbe engañosa.

Pero el sentir es el mismo; la Radio Exterior conversando con un experto en la Guerra Civil Española, reseñando la última novela de Vargas Llosa. Leo la suculenta pluma de Juan Villoro, sus entrañables recuerdos sobre Roberto Bolaño. Es 2013.

La radio habla de Azorín, vuelve la Generación del 98, mi admiración por Unamuno. Salto otra vez en el tiempo, el "San Manuel Bueno Martir" que me negué a ser, esa "Niebla" que me cubrió bastantes años después de haber leído tan perturbadora "nivola".

Vuelvo al presente, y una cita que Villoro escoje de Bolaño, surgida de una conversación mutua y que es consignada en "Entre paréntesis", confirma que la dulzura de este ejercicio no es para nada oprobiosa, menos pueril: "Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales".