sábado, noviembre 10, 2012

UNA CRÓNICA TELÚRICA CON DEDICATORIA INESPERADA



Recuerdo que cuando leí la reseña en La Tercera o El Mercurio (no lo recuerdo con claridad), me dieron muchas ganas de revisar esta crónica sísmica; hojear siquiera “8.8: El miedo en el espejo” de Juan Villoro, para muchos de mis compatriotas podría significar una muestra de masoquismo literario, teniendo en cuenta lo fresco que estaba en la memoria el terremoto del 27 de febrero de 2010.

En la vorágine vital, pronto olvidé el deseo suntuario, y me quedé con el texto prendido de una hilacha de mi hinchada memoria.

Sin embargo, este recuerdo se abrazó a mi mente, para quedarse de forma definitiva, cuando hace un mes atrás mi colega Óscar Egnen trajo desde Buenos Aires una serie de presentes para quienes somos sus compañeros de trabajo; con sorpresa descubrí que se trataba del volumen de Villoro en una edición trasandina (Interzona Editora).

Lo empecé a leer esa misma noche, con fruición, estremecimiento y algo de pena; de alguna manera, fue como revivir esa madrugada telúrica y letal, más aún si el relato centra la experiencia del escritor mexicano en el Hotel Plaza San Francisco, a escasas cuadras de mi hogar.

La crónica, matizada con perfectos toques de reminiscencia infantil (la obsesión por los pijamas), adornada con historia de sobrevivencia paralela, transforman el relato en un verdadero manual para salvar ileso a una hecatombe.

La calma, la histeria, los dones psíquicos, la sobrevaloración de Chile como país con cultura sísmica, son sazones que se agradecen, y que permiten al lector darse cuenta de que no se trata de una pesadilla, sino de una magnífica crónica, con una prosa dinámica y repleta de humanidad.

Nota aparte son las escalas en el terremoto mexicano de 1985, que aportan hechos y lecciones aprendidas, que a nuestra nación deberían servir.

El colega Egnen la semana pasada me pidió prestado el libro, para leerlo y tener más puntos de abordaje en una eventual entrevista con Juan Villoro, de paso por la Feria del Libro de Santiago.

Este mediodía, con cara de satisfacción y cansancio, llegó hasta la radio con la entrevista hecha y una nueva sorpresa para un servidor; con aires de Viejo Pascuero en el rostro, me entregó el libro con un bonus track: “Me tomé la libertad de pedirle escribir una dedicatoria”, me dijo con una sonrisa.

Ansioso, abro el texto y me encuentro con las siguientes palabras de puño y letra de autor:

“Para Rodrigo Alcaíno, esta crónica de la tierra que, al abrirse, une a la gente. Con gran afecto, Juan Villoro”…

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