miércoles, julio 25, 2012

LA BRISA SALADA Y GÉLIDA DE CALBUCO



Hay ciudades y localidades que por atmósfera encantan. Se me viene a la mente Puerto Natales, Río Verde en Magallanes. En la misma categoría ubico a Calbuco, ubicado en la Región de Los Lagos.

Basta con cruzar el puente que une a la localidad insular con el continente para empezar a sentir la magia de un leve pero emocionante aislamiento, susurrado con complicidad por el viento marino y las gaviotas.

Calbuco fue el centro de operaciones de la gira de estudios de mi curso en enero de 1997, por lo que pudimos palpar el día a día, conocer sus recovecos.

Me quedan en la retina la acogedora plaza, con una privilegiada vista al mar, también una desgastada y corroída embarcación encallada en la parte sur de la isla, entre el mar y calle Brasil.

Sin embargo, fue el ambiente y sonido nocturno el elemento más cautivante; las embarcaciones rompiendo las olas, sus luces surcando una oscuridad líquida e insondable. Inspiración pura para almas taciturnas y melancólicas como la mía, en esos tiempos impregnadas de  filosofía unamuniana y relatos de Hermann Hesse, además del terrorífico Lovecraft.

Me tomé el tiempo para recorrer la costa por calle Vicuña Mackenna de norte a sur, hasta llegar a las antípodas de la tierra de Calbuco, disfrutando de la brisa salada y gélida del archipiélago.

De mala gana dejé atrás esta ruta recomendable, para volver a la plaza, sentarme unos minutos y recorrer el resto de la ciudad. Recuerdo que subí por José Miguel Carrera, y me encontré en una esquina con uno de mis compañeros, creo que Ricardo Candia.

No terminábamos de saludar, cuando al girar la cabeza vimos a mitad de cuadra a un par de lugareños agrediendo verbalmente a otro compañero nuestro (no recuerdo quién), por andar conquistando a las chicas locales.

La reacción fue inmediata; corrimos dispuestos a los puños en defensa del honor liceano. Sin embargo, la ahora inferioridad numérica de los "dueños de casa", les cambió el rostro y el ánimo. Terminaron abrazándose con nuestro amigo.

Bien pasada la medianoche, el internado que nos cobijó en calle Galvarino Riveros comenzó a recibir con rostro trasnochado a los jóvenes curicanos, que con diferente paso y talante, nos aprestábamos a dormir.

Lo claro es que por diversas razones, ninguno olvidaría Calbuco. En realidad, nadie olvidó la totalidad de ese viaje entrañable por Los Lagos y La Araucanía.

No hay comentarios.: