jueves, septiembre 08, 2011

RECORDANDO AL CONDE


No es mi interés ahora valorar la labor política de don Gabriel Valdés Subercaseaux, tras su fallecimiento ayer. Me parece que se ha hecho comentarios suficientes en la prensa, como para seguir insistiendo en ello.
Lo que si haré es recordar los episodios en los que me encontré y dialogué con “El Conde”, ya sea como reportero o persona de a pie.

La primera vez que conversé con él fue durante el funeral del ex canciller Carlos Martínez Sotomayor, en febrero de 2006. Realizaba mi práctica profesional en El Mercurio y preparaba una nota sobre esta personalidad.

Valdés fue uno de los primeros en llegar al Parque del Recuerdo, con la estampa de caballero y un bastón en la mano. Con respeto me acerqué a el, y le consulté si era posible tener un par de conceptos respecto al difunto abogado, mientras lentamente acompañaba su paso. Accedió de muy buen talante, y tras saludar a un par de concurrentes me comentó su sentimiento y algunas vivencias. Lo recordó como "un gran servidor público, a quien le tuve mucha admiración".

La siguiente ocasión que conversamos fue en junio de 2007, esta vez a través del teléfono. Yo trabajaba en Radio Cooperativa, y por esos años Valdés se desempeñaba como embajador de Chile ante el Vaticano. La idea era comentar la entrega del palio al en ese entonces flamante arzobispo de Concepción, Ricardo Ezzati.

Recuerdo que lo llamé bastante tarde para la hora de Roma, casi a medianoche. Me contestó la nana, que me dijo que don Gabriel se encontraba descansando ya, pero que iba a consultar si podía recibir mi llamada.
Esperé unos minutos hasta que la voz del ex embajador se escuchó clara por el auricular. Nunca olvido que, según sus palabras, ya se había acostado, pero que era un placer responder mis preguntas. Me dejó la mejor impresión.

En junio de 2009, junto a mi colega y amigo personal Marco Espinoza fuimos al Centro de Extensión UC, a la presentación del libro “Sueños y memorias” de Gabriel Valdés; la idea era comprar el libro, escuchar los comentarios de los panelistas y conseguir una autógrafo en el libro.

Cumplimos los dos primeros objetivos. El tercero fue imposible.

Tras el acto, nos pusimos a un costado de la testera para esperar a Valdés; incluso Marco lo ayudó a bajar un par de escalones, tras lo cual pidió la firma. Sin embargo, se disculpó pues iba a saludar a los amigos en primera fila. Pero que lo haría luego.

Pasaron horas y mil saludos, hasta que nos acercamos nuevamente para pedir la marca en el texto. “Hagan la fila” dijo.

A pesar de la frase, insistimos en el cóctel, lo que fue respondido con una frase aún más graciosa: “Ud cree que me hace fácil la vida”.

A esas alturas yo había tirado la toalla. Pero Marco hizo un intento más; convenció a la embajadora de Suecia en Chile para que le entregara el libro junto al suyo. Para ser honestos fueron varios los que le entregaron su ejemplar a la diplomática, que llegó ante Valdés con una gran columna de volúmenes.

Viendo la escena, “El Conde” fue tajante: “Para la embajadora, si. Para los amigos, no”.

Con esa frase me largué a reír por lo absurdo del episodio.

Más allá de las notas necrológicas que se suman desde ayer, uno se queda con las propias vivencias, las que me muestran a un Valdés caballero, locuaz y muy amable con la prensa.

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