domingo, junio 13, 2010

ANDRÉS ESCOBAR: QUE TE CONSERVEN EN LA GLORYLAND


Por Rodrigo Alcaíno Padilla

(Artículo escrito para taller de Periodismo Deportivo, Usach, octubre de 2005)

Leyendo el capítulo que Eduardo Galeano le dedica en "El fútbol a sol y a sombra" al mundial de EEUU 1994, irremediablemente me pongo mi uniforme de escolar del Liceo de Curicó y recuerdo los malabares que debía hacer para alcanzar a ver algún partido de ese campeonato, aunque Chile brillara por su ausencia.

Lo primero que se me viene a la mente es un partido entre México y Bulgaria por octavos de final que alcancé a ver en el Teletrak de Yungay con Camilo Henríquez. Esa tarde el arco se cayó, los charros “arrugaron” en la definición a penales y a mi me echaron casi a patadas por entrar con uniforme en un antro de apuestas.

Sin embargo, otra remembranza me remece de repente; el color y la fiesta de ese mundial se opacan con un hecho atroz: el asesinato de Andrés Escobar, el defensa central colombiano “culpable” de anotar un autogol que a la postre eliminó a su selección.

Galeano no da cuenta de tal hecho, se queda con la espectacularidad del doping de Maradona (vaya novedad) o lo lindo de esa justa deportiva. Su libro no es sobre crónica roja, que duda cabe.
Escobar fue un destacado futbolista en su país, tanto por su desempeño en la selección nacional, como por su rendimiento impecable con el Atlético Nacional de Medellín, club con el que obtuvo la Copa Libertadores de 1989.

El de Estados Unidos era su segundo mundial, también el último. Aún tengo en mi memoria visual la imagen del defensa tomándose la cabeza tras impulsar la pelota en su propio arco durante aquel desastroso partido de primera ronda ante los dueños de casa.

Inconscientemente extrapolo esa imagen de un futbolista avergonzado tendido en el suelo verdoso del Rose Bowl de Los Ángeles, y la transformó en la de un hombre inocente yaciendo agónico en el frío pavimento de una calle colombiana.

Cuenta el mito que Humberto Muñoz Castro (nombre del asesino condenado a 43 años de prisión), había apostado mucho dinero al triunfo de Colombia, por lo que dicha “chambonada” provocó una ira incontenible, que sin duda fue su pecado capital.

Me hallaba meditando sobre el desafortunado y lejano episodio en el centro de Santiago, cuando una noticia publicada en La Hora de la Tarde me deja estupefacto en la mitad de calle Bandera: Humberto Muñoz Castro, el hombre que le disparó a Escobar el 2 de julio de 1994 a la salida de un restaurante, fue liberado por buena conducta ante la indignación de la familia Escobar y la afición deportiva.

La noticia me enfurece, es como si la justicia colombiana le hiciera un autogol de chilenita al mundo del deporte, como si en un partido virtual Muñoz agrediera a Escobar sin ser expulsado. Es justificar un acto digno del circo romano.

Aunque era de esperar, ni siquiera quienes escriben sobre fútbol, como Galeano, hacen justicia del hecho.

Procuro alejar de mi cabeza esa noticia desafortunada, prefiero recordar a Escobar levantando “la novia de América” en 1989, jugando un partidazo ante Inglaterra en Wembley por un amistoso o goleando sin misericordia a Argentina en Buenos Aires por 5-0.

Los sones de "Gloryland", el himno del Mundial EEUU 94, sirven de bálsamo mental, enaltecen la figura de un deportista excepcional, de un “guapo” a la hora de defender el amarillo de su nación y el verde de su club: Andrés Escobar, que te conserven en la Gloryland

Foto: BBC

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