viernes, mayo 21, 2010

TARDES MONUMENTALES


Siempre es grato ir al estadio, ya sea en una tibia tarde veraniega o apiñándose con el resto de la concurrencia en un gélido crespúsculo invernal. Esas dos experiencias las he tenido en el Estadio Monumental de Colo Colo.

Recuerdo como si fuera ayer la primera visita que hice al recinto de Macul; 1 de noviembre de 1990, primer superclásico que se jugaba en esta cancha, con gran público y bajo un sol en retirada vespertina.

La U estaba en su año de regreso a la primera división tras su drama en el ascenso, con un repatriado Pato Yáñez en sus filas. Colo Colo a la cabeza del torneo, y con olor a campeón. Desde una buena ubicación en la tribuna Océano disfrute del match con helado Esteoeste en una mano y una bandera que compré en 500 pesos (sí, el billete con la imagen de Pedro de Valdivia).

Acalorado encuentro que terminó 2-0 en favor de los locales con goles de Ormeño y Barticciotto, y sentando el precedente del primer destrozo ocasionado por "Los de Abajo" en el codo sur del estadio. Y aunque el equipo azul desde la cancha procuró calmar los ánimos de la barra, ante el desorden que podría obligar a suspender el partido, todo quedó como un nuevo condimento en el fútbol.

Exceptuando el incidente, fue una tarde emocionante, de buen juego, que tuvo como epílogo un sol anaranjado que no alcanzaba a secar la frente de los jugadores camino al camarín, pero si para terminar de colorear la imagen en mi mente.

Esa misma temporada repetiría la visita en el triunfo de 1-0 de Colo Colo sobre Cobresal, con gol de Ricardo Mariano Dabrowski al filo de los 90 minutos.

Pasaron 19 años para que volviera a pisar las graderías de Pedreros. El domingo 12 de julio de 2009 llegué en compañía de mi cuñado Diego a ver el match entre Colo Colo y Curicó Unido, en calidad de hincha de la visita.

Esta vez el sol escapó, dejando como sustituto impertinente al frío que nos caló hondo. Instintivamente busqué la posición que ocupé años atrás en la tribuna Océano, y procuré traer las remembranzas. Y aunque el estadio había cambiado, el ambiente y el aire era el mismo.

Las bebidas, los sandwich, las banderas, las familias, el fanatismo, el olor a pasto aplastado. Y aunque no era tiempo para helados, ansié un Esteoeste.

Incluso el partido resultó tan emocionante, con un inesperado empate a uno, con goles de Sebastián Páez para la visita y autogol de Morquio casi al epílogo para el empate albo.

Entre dientes celebré el gol tortero, en medio de una lluvia de epítetos alusivos a los nobles huasos. Pero hasta los garabatos le dan condimento al balompié.

No me puedo quejar de las jornadas en el Monumental, ya que todas conforman un paisaje perfecto para quienes nos gusta el fútbol como un conjunto, como espectáculo, dentro y fuera de la cancha, que nos alimentamos de los olores del entorno, del humo angustiado de los cigarrillos, del vapor de café empujado con fuerza por el ímpetu de un gol.
Fotos: La Tercera

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