viernes, marzo 19, 2010

27 de febrero de 2010, 03:34 am: LA NOCHE EN QUE LA VIDA GIRÓ EN 8,8 GRADOS


El crujir de las paredes que soportan a más de 20 pisos para arriba me hicieron pensar en lo peor; sólo una vez me había sentido tan indefenso ante la muerte, cuando una avioneta en que viajaba detuvo su motor sobre los fiordos de Aysén. Sin embargo, en esa ocasión estaba solo. La madrugada del 27 de febrero era diferente, a las 3:34 am, en el departamento del tercer piso de San Francisco con Eleuterio Ramírez estábamos mi esposa e hijo, con el riesgo cierto de ver truncada nuestra existencia por los más de 8 grados Richter y casi tres minutos del terremoto.

A la larga, concientes de que tres pisos eran salvables, optamos por bajar con una frazada para Samuel, y la incertidumbre frente a un desastre que se vislumbraba de proporciones.

Una vez en el patio del edificio, mi esposa Paula se encontró con la humedad del piso, fruto del agua de la piscina, que cual taza de leche en las manos de anciano, regó buena parte de su contenido. Pasaron unos segundos, y la andanada de lamentos, llantos y desesperación inundaron el sector, generando un ambiente apocalíptico como nunca había visto.

El colofón para esta escena fue la luna llena, que con tonos amarillentos daba cuenta del polvo de la ciudad, que subía a la atmósfera, quien sabe con cuántas almas de inocentes santiaguinos que no tuvieron nuestra fortuna.

Ya con las revoluciones más bajas, subí al departamento a buscar el bolso de mi hijo, agua, celulares y ropa más abrigada para nosotros, que estábamos en pijama. Otra urgencia era una radio para saber más detalles del desastre, conocer el epicentro. Con susto, iluminado sólo con el celular llegué a todos los artefactos necesarios. En eso sonó el teléfono fijo y la voz de mi cuñada que tranquilizaba sobre la salud de mis suegros. Estaban todos bien.

Sin embargo, la incertidumbre por mis padres en Molina, y mis hermanas en Curicó, Temuco y Viña del Mar era inmensa. Incertidumbre que se transformó en angustia cuando supe por la radio que el epicentro había sido en Cobquecura, con una magnitud 8,8… mis papás, bajo escombros de adobe y vigas de madera se me vinieron a la mente de inmediato. Pensé que la centenaria casa de Molina había sucumbido al sismo infernal con ellos dentro.

Con mi esposa tratábamos de contactarnos con los celulares, pero el tono de ocupado o sólo silencio trastornaban el corazón y las neuronas, ya maltrechas por la impresión de un cataclismo con todas sus letras.

Eran las cinco de la mañana, cuando logramos contactar a mi hermana en Viña, que no estaba herida ni damnificada. Un alivio, pero mis padres aún no aparecían.

Tuve que esperar hasta las seis de la mañana para que el tono de llamado de la casa de mis papás me inundara de esperanza y la voz de padre me llenara de alegría. ¡Él y mi madre estaban a salvo, con la casa bastante dañada, pero vivos!

Más alivio hubo con las palabras de mi hermana en Curicó. La calma desde Temuco tardaría unas horas más.

Con el frío de la aurora arreciando, y mi hijo con fiebre por la vacuna aplicada la tarde anterior, decidimos esperar en el hall del edificio hasta que amaneciera, para luego trasladarnos hasta nuevo aviso a la casa de suegros.

Se trató de un amanecer lento, que parecía disfrutar el hacerse esperar ante un país ávido de luz natural.

A las siete y media tomamos coche, bolsos y ánimo, para comenzar a pie la caminata por Santa Rosa hasta nuestro destino esa mañana. A ratos parecíamos desplazados de guerra, avanzando entre una ciudad silente y traumatizada, que daba cuenta en sus fachadas agrietadas de un golpe anímico y físico aún sin calibrar a ciencia cierta.

Obviamente que los cités añosos de Santiago Centro, del Barrio Matta, sufrieron enormemente, lo mismo que iglesias, como los Sacramentinos que había perdido la cruz derecha en una de sus torres y visto estallar sus cristales con un grito agudo e inaudible.

Ya en casa de mis suegros, procuramos liberarnos de la angustia madrugadora con abrazos y chistes, para empezar la preparación de los próximos días, que nadie podía saber si vendrían hermanados con réplicas potentes y desabastecimiento de productos de primera necesidad.

Ya la noche del 27 de febrero, a las seis de la tarde el agua embotellada, las velas, las pilas y el pan habían desaparecido de las tiendas de abarrotes de Santiago centro.

Situación esta última que ya ocurría en el Maule, algo que reflotaba el temor post terremoto; mi familia sufriendo carencias y riesgos era una herida que empezaba a doler a medida que la información y las horas se abalanzaban sobre mi psiquis algo maltrecha por la gran cantidad de emociones.

Fueron días de pena, de desasosiego. Porque a la larga, no sólo sentía la lejanía, sino que la imposibilidad de entregar ayuda. Tuvo que pasar una semana para que al fin pudiese tomar un bus y llegar a Curicó y Molina. Al menos mis padres ya tenían un nuevo techo que los cobijara, pero imaginar la destrucción en la zona, ya me estrujaba el corazón.

Sin duda, el paso por Pelequén, con el Santuario de Santa Rosa por los suelos vino a confirmar mis temores y a templar el espíritu ante el dantesco espectáculo que me esperaba.

Las ruinas del centro de Curicó me abofetearon con fuerza; Chacabuco, Membrillar, Yungay, la iglesia San Francisco, la iglesia del Carmen… mi querido diario La Prensa (en la foto superior), todo en el suelo, transformado en polvo de adobe en suspensión, que al entrar por mi nariz procuraba trizar mi espíritu.

Parecía Dresden tras un bombardeo aliado, como si mil explosivos hubiesen llovido sobre esas calles plagadas de recuerdos de juventud. Mi uniforme de liceano se llenó de polvo el mediodía del 5 de marzo.

Tras casi cinco horas de viaje, llegué a Molina, con decenas de personas acarreando escombros en carretillas, a lo largo de Quechereguas, imagen que sería recurrente en el tortuoso camino hacia la casa de mis padres.

Doblar por calle Agua Fría fue traumático, con esquinas absolutamente destruidas, y la expectativa de ver parte importante de tu vida apenas en pie. Y ahí estaba, aún entera, la casa de mis padres, de mis abuelos, llena de grietas, pero como soldado de mil batallas, resistiendo hasta el final.

Más chocante fue la imagen de mi padre en el patio, sentado en un sillón como si se despidiera de los árboles y el entorno. Miraba con especial atención a ese laurel que les sirvió a mis progenitores de puntal para no perder el equilibrio ante un suelo tembloroso y traicionero. Luego vino un inolvidable abrazo, donde sentí con lujo de detalles la angustia, la pena y la indefensión que sufrió con mi madre la madrugada del 27 de febrero.

Y a medida que recorría las habitaciones polvorientas, procuraba llevar conmigo todos los recuerdos de media vida entre sus paredes. Porque tarde o temprano la estructura será demolida, pues se trata de una enfermedad terminal inoculada por el terremoto.

Me sentí triste, y aún lo estoy, ya que con esta añosa casa se van impregnados años de aprendizaje, lectura, trasnoche, alegría, angustia…

Con el corazón apretado a más no poder, ayude a mi padre, con el ánimo resentido por la incalculable pérdida de la casa que lo vio nacer en 1943 a punto de desaparecer. Pero debíamos mudar el mobiliario, antes que un nuevo sismo lo sepultara o dañara. Al menos, estarían con mi madre en una casa segura en Curicó.

Y justamente, de vuelta en Curicó, logré recorrer más en detalle las ruinas, tratando de reconstruir con la memoria aquellos elementos de paisaje que para siempre faltarán, como la estación de ferrocarriles, algunos rincones de calles Carmen y Peña.

No pude llegar a Talca, pero las referencias de mis amigos me ahorraron un nuevo trance, extender el dolor de ver otra de mis ciudades queridas hecha añicos.

Tuve que dejar pasar días para escribir algo respecto a este desastre, que aunque no me despojó de ningún ser querido, me robó los puntos de referencia de mi memoria infantil y juvenil, quebró el museo de los recuerdos, y marcó mi vida de una forma indeleble. Porque sentir que la vida de tu esposa, tu hijo, tus padres, tus hermanos, tus sobrinos, familiares y amigos estuvo a punto de borrrarse, remece y curte.

Al cierre, guardo las últimas imágenes de calle Agua Fría en Molina, publicadas en Terra.cl, con la tenue casa roja de mis padres despidiéndose para siempre con una mirada de agredecimiento mutuo.

Agrego primer despacho y noticiario Central de TVN del 27 de febrero, el audio de la transmisión inmediatamente tras la tragedia de Radio Cooperativa y ADN, a las 3:40 am.




Audio Radio Cooperativa 27-02-2010



Audio ADN Radio 27-02-2010


Foto superior: Diario La Prensa de Curicó
Video: Terra.cl y TVN
Audio: Radio Cooperativa y ADN