domingo, enero 11, 2009

FEELS SO GOOD


Cualquier noctámbulo asiduo a radio Infinita debe haber escuchado a altas horas de la madrugada el tema "Feels so good" de Chuck Mangione, la versión lenta y deprimente de 1978 con Don Potter. Claro, cabe hacer dicha aclaración, ya que no es la más conocida y comercializada, la del disco "Feels so good", bastante más alegre y festiva.

Esta no, esta es un verdadero himno al fracaso, trae a la mente imágenes de bar de mala muerte en hora de cierre, o de un cesante pisando mierda en una noche de lluvia.

Con mi amigo Osmar Mamedo la tenemos desde hace años como un referente musical, que como tal, antaño costó mucho saber sobre sus detalles.

Ambos llegamos a conocerla en la programación nocturna de radios Infinita y Lógika de Talca. A decir verdad, por esos años era muy inspiradora, a la vez de escurridiza en la parrilla programática radial.

Descubrí el nombre y el intérprete en un libro de la biblioteca de la Universidad de Talca, "Jazz" de Richard Carlin; lo solía leer con periodicidad, un día, cuando llegué al capítulo de Smooth Jazz, me encontré con la foto de Mangione y el nombre de su mayor éxito. El gran problema es que no teníamos el registro de tema... pronto me aprendí la frecuencia con la cual salía en radio Infinita, y definitivamente pude grabarla en cassette una madrugada de lluvia de 2000, a las tres de la mañana. El gran drama es que la cinta se acabó un segundo antes del fin de la melodía.

Fue un verdadero tesoro por años. En el último tiempo Osmar averiguó el nombre del disco en que estaba publicada la canción, el que por desgracia estaba descontinuado. No obstante, en la intensa búsqueda logramos encontrarla en internet.

Esta creación me ha acompañado por largos años, pasando a engrosar la banda sonora de mi vida...

jueves, enero 08, 2009

EL KAISER


Hace un mes atrás, cubriendo una actividad de los ministerios de educación, salud y Chiledeportes, tuve la oportunidad de entrevistar a Jaime Pizarro, en su calidad de director del estamento del deporte nacional. No pude evitar imaginarme hace más de 15 años atrás, teniendo la opción de estrechar la mano del Kaiser, uno de los grandes jugadores de fútbol que vio Chile, no sólo por su calidad profesional, sino como persona.

Si me preguntan quien fue mi ídolo deportivo de niño, no dudo en decir que Jaime Pizarro.

Se me vienen imágenes de la Copa América de 1987, donde fue puntal del subcampeonato. Obviamente, la Copa Libertadores de 1991, oportunidad en que fue capitán del Colo Colo campeón. El penal que en una madrugada de abril desequilibró la Recopa en favor del Cacique en 1992, con el dramatismo que implicó ese previo golpe en el palo.

Sin embargo, sobre todo, se destaca la corrección en el campo de juego; creo que debe haber sido expulsado muy pocas veces en su carrera, fui testigo de una de ellas. Si, en el Estadio Fiscal de Talca, 18 de septiembre de 1994, Rangers v/s Colo Colo. Eran años de vacas flacas para los albos, y los piducanos se encargaron de recordarlo con una ferrea oposición que dejó el marcador en blanco esa fría tarde.

No obstante, el referente de la impotencia colocolina fue Pizarro, que ante la arremetida por el costado de Mario "Chispa" Cruz, volante rojinegro, lanzó un feroz puntapié que lo hizo merecedor de la cartulina roja.

Con mi padre quedamos pasmados, no sólo por la patada (estábamos a unos 50 metros de foul), sino por el protagonista de la falta.

Sin embargo, se trató de un lunar en una carrera exitosísima, no sólo en Colo Colo, sino que también en Argentinos Juniors, Barcelona de Guayaquil, Universidad Autónoma de Nuevo León, Palestino y Universidad Católica.

Ese mediodía que conversé con él, en medio de protestas de empleados fiscales que amenazaban la realización del mundial femenino de fútbol, al final, le estreché la mano y en silencio le entregué mi aprecio de antaño. Pocos tienen la oportunidad de conocer a sus ídolos, aunque sean de juventud.

Foto Triunfo de La Nación, 10 de junio de 1991

viernes, enero 02, 2009

Escucha Chile: “LAS NOTICIAS QUE LA JUNTA ESCONDE Y PROHIBE”


Como alguna vez dije en este espacio, crecí con la radio de onda corta, esos chirridos que me fueron alimentando diariamente, y que mi padre procuro entregar casi involuntariamente.

En mi memoria vuelan mucos sonidos, muchas voces, muchas melodías. Sin embargo, la que se quedó anclada para siempre era la Radio Moscú, actual Voz de Rusia y el espacio “Escucha Chile”, un verdadero bálsamo para los opositores a la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Como rezaba su presentación a cargo del argentino Luis Cequini y la ucraniana Katia Olévskaya, entregaba las noticias que la Junta de Gobierno escondía y prohibía. El impulso para que este espacio viera la luz fue inmediato al golpe de estado y estuvo liderado por Volodia Teitelboim, que con el paso de los años tuvo como colaboradores (en la foto) a Eduardo Labarca, Guillermo Ravest, Ligeria Valladares, Rodrigo Cerda, Rolando Carrasco, Leonardo Cáceres, Rene Largo Farías, Lautaro Aguirre y Víctor Vidal.

A ellos se sumarían también quienes tras la derrota de Pinochet fueron ministros y políticos de reelevancia, como Enrique Correa o Jaime Estévez.

Según consta en un reportaje preparado por El Mercurio, hasta el mismo régimen militar se enteraba de novedades a través de las ondas de Radio Moscú. Se trató de un vehículo de información tan eficaz como los cassettes de betamax con los reportajes de Teleanálisis o las fotocopias de las revistas opositoras en la Vicaría.

Existían corresponsales por todo el mundo, llegaban cartas de familiares de víctimas de la dictadura. No había noticia que no se conociera, llegando incluso a “golpear” al propio DINACOS. Era la Resistaince chilien, y la magia de la radio sirvió para formarla.

Yo recuerdo horas de la noche, luego de la cena, mi padre asiendo el sintonizador y luego la perilla de sintonía fina. Observaba su alegría y pesar; por un lado sentir al país cerca, pero conociendo su sufrimiento y desventura.

Sentía las melodías que por una u otra razón me despertaban emociones casi embrionarias, de un sufrimiento antiguo y lejano, pero evidente y torturador. Mi padre sentado frente al receptor, mirada perdida en la pared, siguiendo la antena, y quien sabe, si tal vez las ondas teñidas de rojo.

Eso era Radio Moscú en los ochenta, eso significó para la infancia opositora en Chile y en el exilio, un imperativo casi tan grande como lavarse los dientes en la noche.