sábado, octubre 10, 2009

LA SANA COSTUMBRE DE LEER COLUMNAS


Antes que la entronización de "opinólogos" hiciera de la televisión chilena la gran tribuna para la conversación de cada día (todo inmerso una preocupante banalidad), eran los diarios y revistas los espacios por antonomasia para generar debate, controversia y tema.

Y es complicado en estos tiempos encontrar una buena columna de opinión, sin un afán lesivo con ampulosa mala intención. Hay tres de estos espacios que colman mis expectativas, y que espero con ansias cada semana.

Una de ellas es la columna de los viernes en La Segunda del escritor Jorge Edwards, que suele desarrollar, a partir de un tema contingente, un paseo por los alcances históricos, literarios y anecdóticos del tópico en cuestión. Un viaje que encanta por la erudición, siempre con un aporte cultural para enriquecer las mentes. A pesar de que en ocasiones divaga bastante, la montaña rusa del relato es parte del gusto, con una prosa viva y hábil. Una de sus últimos textos interesantes fue alusivo a Manuel Zelaya y los caudillismos latinoamericanos.

En la misma línea erudita, pero con perfil más analítico (propio de un filósofo del derecho) la columna de Agustín Squella de los viernes en El Mercurio, nos pone constantemente en dilemas valóricos a partir de situaciones del cotidiano; me queda en la memoria, de una de sus últimas entregas que tratan la bipolaridad patriótica chilena. Atención, se recomienda leerla en calma, con los tiempos para una meditación y asimilación.

El tercer columnista se dedica al deporte, con una mirada amplia y documentada del quehacer de cualquier disciplina. La tribuna del periodista y escritor Marcelo Simonetti es una necesidad cada sábado en La Tercera. Llama la atención el nutrido anecdotario deportivo que acompaña sus columnas, y el juego con las proyecciones tan propio de este sector informativo.

Me niego a perder la costumbre de disfrutar una buena columna, lanzar una idea leída en algún diario en la tertulia del almuerzo, y hacer sociedad como antes, en que las grandes discusiones del país veían la luz en el seno de la llamada "intelligentzia". Los "opinólogos" al tarro de la basura.

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