viernes, enero 02, 2009

Escucha Chile: “LAS NOTICIAS QUE LA JUNTA ESCONDE Y PROHIBE”


Como alguna vez dije en este espacio, crecí con la radio de onda corta, esos chirridos que me fueron alimentando diariamente, y que mi padre procuro entregar casi involuntariamente.

En mi memoria vuelan mucos sonidos, muchas voces, muchas melodías. Sin embargo, la que se quedó anclada para siempre era la Radio Moscú, actual Voz de Rusia y el espacio “Escucha Chile”, un verdadero bálsamo para los opositores a la dictadura militar de Augusto Pinochet.

Como rezaba su presentación a cargo del argentino Luis Cequini y la ucraniana Katia Olévskaya, entregaba las noticias que la Junta de Gobierno escondía y prohibía. El impulso para que este espacio viera la luz fue inmediato al golpe de estado y estuvo liderado por Volodia Teitelboim, que con el paso de los años tuvo como colaboradores (en la foto) a Eduardo Labarca, Guillermo Ravest, Ligeria Valladares, Rodrigo Cerda, Rolando Carrasco, Leonardo Cáceres, Rene Largo Farías, Lautaro Aguirre y Víctor Vidal.

A ellos se sumarían también quienes tras la derrota de Pinochet fueron ministros y políticos de reelevancia, como Enrique Correa o Jaime Estévez.

Según consta en un reportaje preparado por El Mercurio, hasta el mismo régimen militar se enteraba de novedades a través de las ondas de Radio Moscú. Se trató de un vehículo de información tan eficaz como los cassettes de betamax con los reportajes de Teleanálisis o las fotocopias de las revistas opositoras en la Vicaría.

Existían corresponsales por todo el mundo, llegaban cartas de familiares de víctimas de la dictadura. No había noticia que no se conociera, llegando incluso a “golpear” al propio DINACOS. Era la Resistaince chilien, y la magia de la radio sirvió para formarla.

Yo recuerdo horas de la noche, luego de la cena, mi padre asiendo el sintonizador y luego la perilla de sintonía fina. Observaba su alegría y pesar; por un lado sentir al país cerca, pero conociendo su sufrimiento y desventura.

Sentía las melodías que por una u otra razón me despertaban emociones casi embrionarias, de un sufrimiento antiguo y lejano, pero evidente y torturador. Mi padre sentado frente al receptor, mirada perdida en la pared, siguiendo la antena, y quien sabe, si tal vez las ondas teñidas de rojo.

Eso era Radio Moscú en los ochenta, eso significó para la infancia opositora en Chile y en el exilio, un imperativo casi tan grande como lavarse los dientes en la noche.