sábado, mayo 24, 2008

LAS CEBOLLAS DE GRASS



“…por razón de esta falta de lágrimas, la gente que disponía de los medios para ello iba al Bodegón de las Cebollas de Schmuh y se hacía servir por el dueño una tablita de picar —puerco o pescado— y un cuchillo de cocina por ochenta pfennigs y, por doce marcos, una vulgar cebolla de cocina, de jardín o de campo, y la iban cortando en pedacitos cada vez más pequeños, hasta que el jugo lo lograba. ¿Qué lograba? Lograba eso que el mundo y el dolor de este mundo no lograban producir, a saber: la lágrima esférica y humana. Aquí sí se lloraba. Aquí, por fin, volvíase a llorar. Se lloraba discretamente, o sin reserva, abiertamente. Aquí corrían las lágrimas y lo lavaban todo. Aquí llovía, aquí caía el rocío”.

Este fragmento es uno de los más sabrosos de la novela “El tambor de hojalata”, obra cumbre del Premio Nobel alemán Günter Grass.

A veces uno piensa en la falta que haría un restorante con las características de este Bodegón de las Cebollas… aunque tal vez existe en otra forma, en la televisión, en las consultas de tarotistas, en los líneas telefónicas de amistad, en los libros de autoayuda, en las charlas motivacionales.

Desde siempre el ser humano ha buscado en elementos cotidianos la respuesta a dudas existenciales, a problemas, a tristezas. Desde patas de conejo, pasando por mandas religiosas, ayunos hasta terapias de aromaterapia o reiki.

Las cebollas de Grass, son un ejemplo evidente del miedo que produce en el hombre saberse dueño de su ser, o como decía Sartre, prisionero de su destino. En el bodegón la gente buscaba un pretexto para llorar, desahogarse y romper con sus dolores. ¿No es acaso el mismo principio de los reality show, o los partidos de fútbol, donde la gente se hace parte del triunfo para olvidar su miseria diaria?

Respuestas vacías y caras a la vez, a la medida, tan propias de la vida moderna, pero que son pan de cada día en el mundo desde tiempos inmemoriales. Y el hombre se sigue engañando con objetos, con libros, con imágenes que le sirven de pretexto para emocionarse, enojarse, llorar, reir… en suma, para evitar la vergüenza de ser humano.

Cuando el mundo se venga abajo, cuando los satélites y los registros digitales se vuelvan polvo cósmico, cuando los hombres vuelvan al relato oral, se hablará del efecto lacrimógeno de la cebolla para sacar los espíritus penitentes. Porque el hombre siempre se avergonzará de su esencia, más aún si aspira al éxito y los liderazgos.

viernes, mayo 02, 2008

SOBRE HOMBRES PÓSTUMOS



"A los hombres póstumos -como yo, por ejemplo- se les entiende peor que a los hijos de su tiempo, pero se les oye mejor. Dicho con más rigor: no se nos comprende nunca, y en esto radica nuestra autoridad".

Este notable aforismo nietzscheano engloba la inteligibilidad existencial que sufren muchos al enarbolar nuestras posturas, doctrinas o ideas. El muro de los prexistente, lo plástico, lo predecible, lo vicario sumen a una minoría intelectual en un gueto minúsculo. Consecuencia, los aportes propuestos son descartados con grandilocuencia (escuchados, pero no entendidos).

En el arte, la música, las letras, el cine, el teatro notamos cómo el éxito va de la mano con cánones prestablecidos, no obstante, de duración efímera. Hablamos de una sociedad de hombres mariposa, de vida liviana, vacía y breve, que se conforman con lecturas superficiales de la realidad, con barnices majestuosos que los hagan notar, fórmulas mágicas para el resto.

¿Qué hay de quienes apelamos a dobles lecturas, presuponemos un background cultural, usamos la ironía, cómo lo planteaba Sócrates, para desnudar al individuo?

Sin duda, a seguir viendo de reojo, con desdén hacia el mundo con la autoridad reseñada anteriormente o pareciendo sufrir una lobotomía para no ser quemado vivo. Y quedaremos como nuestras obras, nuestras concepciones, olvidadados en una neobiblioteca medieval, como libros ilegibles o prohibidos.
Citando a Neruda:

"A quién dejo tanta alegría
que pululó por mis venas
y este ser y no ser fecundo
que me dio la naturaleza?
He sido un largo río lleno
de piedras duras que sonaban
con sonidos claros de noche,
con cantos oscuros de día
y a quién puedo dejarle tanto,
tanto qué dejar y tan poco,
una alegría sin objeto,
un caballo solo en el mar,
un telar que tejía viento?"

Qué bella esta última metáfora, "un telar que tejía viento". Esperaremos entonces, el molino que transforme nuestra desazón en luz, que forje el pan del conocimiento, de la cultura. Este mismo texto espera ese gran día.

Ya que, como lo dijo el maestro Nietzsche, "¿Cómo me voy a mezclar yo con aquellos autores a los que ya hoy se los tiene en cuenta? Sólo un futuro remoto me pertenece. Hay quien nace póstumo".