viernes, noviembre 30, 2007

EL OCASO DEL DICTADOR


¡11 mil 804 millones, 425 mil 8 pesos! Esa era la noticia en la madrugada del domingo 3 de diciembre de 2006. Y con esas palabras de Don Francisco, dando cuenta de que la meta para la Teletón había sido cumplida, trabajé esa noche en la radio, sin saber lo que se avecinaba. Sin ir más lejos, con esa noticia encabecé los titulares de domingo por la mañana. Luego ayudé a la gente de espectáculos, que como a las 3 de la mañana comenzaron a llegar con el material desde el Estadio Nacional; como periodista de trasnoche debía dejar listo todo.

Cortando cuñas estaba, cuando cerca de las cinco de la mañana suena el teléfono... era Mario Antonio Guzmán, periodista de tribunales que me dice una noticia bomba: Pinochet había sido internado en el Hospital Militar tras sufrir un ataque al miocardio y un edema pulmonar. Fue gracioso que después de un mes trabajando en la Cooperativa me tocara hacer frente a semejante acontecimiento.

De inmediato llamé al periodista a cargo del móvil en domingo para que se fuera volando al hospital, para luego contactar con el General Guillermo Garín en su calidad de vocero de la familia Pinochet. Primero alerté al radiocontrolador Christián Quezada para que tuviera lista la cortina clásica "El diario de Cooperativa está llamando", mientras yo trataba de convencer a Garín para que diera una versión. Tras mucho porfiar logré sacarlo al aire y entregar la primera información sobre la situación del dictador... esta última palabra le causó gracia a mi amigo Osmar Mamedo desde Suecia, ya que se le llamaba dictador siempre y cuando no se estuviera conversando con uno de sus leales pinochetistas.

Transcribo textual lo que me dijo vía mail esa madrugada: "Jajaja, oye, sí te escuchamos, que pena que pinochet no se haya muerto durante el despacho de Carvajal, habría sido genial la incursión periodística, mira cómo son las cosas, haber cubierto tremenda noticia feliz. La periodista que te tomó la posta, en todo caso, lo llamó altiro de "ex dictador", aunque al contactarse con Cardemil volvió a nombrarlo "ex general". Hablando de Pinochet, me acordé del diablo, así q te mando la Biblia satánica pa que vayai formando la biblioteca paranormal. Un abrazo informativo, yo".

En efecto, como una hora más tarde llegó mi relevo, para luego dedicarme a hacer producción en una radio que estaba anómalamente atestada de gente en día domingo. Mi turno lo solía terminar a las 8,30, pero esa mañana me fui como a mediodía. De inmediato fui a dormir, algo que necesitaría para la jornada siguiente...

Claro, porque la madrugada del lunes 4 de diciembre tuve que hacer guardia frente al Hospital Militar. En el estudio se quedó otro colega, mientras yo hacía despachos cada cierto tiempo. Recuerdo que justo esa noche estuvo bastante helada. Era gracioso ver una suerte de altar que le hicieron unas viejas a Pinochet, con fotos, banderas y velas, como si se tratara de un santo... aproveché la oportunidad para sacarle unas cuñas y hacer los despachos menos somnolientos.

El resto de la jornada la pasé conversando un café con un reportero gráfico de la agencia Reuters que se había instalado con carpa en el lugar.

A las seis entregué la posta a la periodista Bárbara Cox, luego de hacer un reporte de la madrugada como a las seis (con Sergio Campos en el estudio). Volví a la radio y terminé el turno bastante satisfecho y sabiéndome partícipe aunque sea de un trocito de historia.

miércoles, noviembre 28, 2007

UNA TARDE EN VÍA X


Con el Marko estábamos muertos de sed… pero de cerveza. Habíamos pasado la tarde en el museo de Bellas Artes en una visita académica del curso de Historia de la Cultura con aquel profesor que se parecía a Juan Antonio Labra.

Luego de ver cuadros más que repetidos y sosos, optamos por caminar para dejar pasar el tiempo… creo que era un día jueves, fines de noviembre de 2002.

El problema es que la caminata bajo el sol, a través del Parque Forestal, aumentó nuestras ganas de degustar un poco de jugo de cebada y la desazón por carecer de plata, mal endémico del estudiante universitario. Como verdaderos masoquistas enfilamos por Pío Nono, sabiendo que en Bellavista habría cientos de personas disfrutando en mesas al aire de alcohol frío y fresco. De seguro, un camino de babas señaló la ruta que seguimos hasta las faldas del cerro san Cristóbal… De repente, el Marko se acordó de que subiendo por Chucre Manzur, llegábamos al canal de cable Vía X, dónde podíamos entrar como público a algún programa grabado.

Ya habíamos caminado bastante desde el museo, por lo que unos pasos más en pendiente no nos causarían daño. Hablamos con el guardia y nos dijo que esperáramos unos minutos hasta que abrieran el estudio.

Creo que esperamos menos… el tema es que avanzamos un poco y mi compañero se quedó embobado con una de las conductoras de programas, creo que se llamaba Paloma. Con cara “calentón” la saludó, recibiendo de ella una respuesta satisfactoria para su ego.

Sin más entramos a una suerte de galpón, donde lo único pulcro era la esquina donde se hacía el programa. Pronto entró el conductor, un tipo con peinado rasta de apellido Abdala. Al poco rato, entró una pareja media alegrona, parece que algo ebrios. Se sentaron a un metro de nosotros, en una gradería digna de circo pobre.

El programa empezó con la mención de los auspiciadotes… en tanto, desde una mochila, la tipa sacó una botella de cerveza. Con una destacable solidaridad etílica, nos ofreció los primeros sorbos de la botella de Báltica, que como si fuera un banquete para judíos rescatados de un campo de concentración, aceptamos sin dudar.

Guardaron la botella, para que no la vieran. En eso entró al escenario Roberto Nicolini, que para variar se puso a hablar de Pipiripao, el Festival de los Robots, etc. Siempre me ha llamado la atención la divinidad lamebotas que se ha tejido en torno a este personajillo de la TV ochentena.

Ya más repuestos con el alcohol en las venas, empezamos a reír con los chistes malos, tal cómo lo hacía el camarógrafo de Canal 13, un tal Riquelme (cuenta la historia que en los programas de conversación, los “jojoooo”, surgía de su garganta).

Para completar la escena, llegó Florcita Motuda, quien empezó a saltar como orate sobre el sillón que lo acogería el resto del programa. Fue el climax.

Pronto nuestros amigos de la cerveza quisieron continuar bebiendo, sin embargo, la coordinadora de piso los pilló y les decomisó la botella… nos dio risa, ya que ellos la compraron y no tomaron nada, contrario a nosotros... jajaja.

Terminó todo como a las 21 horas… una tarde que pintaba para fome y seca terminó como una posibilidad de reírnos de los rostros faranduleros con una cerveza en la mano.

jueves, noviembre 22, 2007

UN BEATLE CON DIARREA


Hace casi seis años (29 de noviembre), el cáncer se llevó a George Harrison (Liverpool, 1943), conocido como el beatle silencioso… la muerte ya le había dado vuelta un año antes cuando sufrió un atentado por parte de un fanático.

Recuerdo que en esos días comenzaron a llover los homenajes y recordatorios a un músico que luchó por demostrar su talento en un grupo donde pugnaban dos egos muy fuertes, los de John Lennon y Paul McCartney. En un principio Harrison reconocía que sus primeras canciones no estaban a la altura de la dupla. Sin embargo, en los últimos años de vida de los Beatles como conjunto, señaló que la apatía de sus compañeros a la hora de editar sus creaciones en los álbumes hizo que se sintiera “con diarrea, pero sin poder ir al baño”. Por esos años logró imponer clásicos musicales como “Taxman”, “While my guitar gently weeps” (con Eric Clapton en guitarra), o la fantástica balada “Something”.

No en vano, una vez disuelto el grupo, Harrison irrumpió con fabuloso disco doble, “All things must pass”, en que podemos apreciar su talento en 24 canciones, muchas de ellas descartadas por sus compañeros. Vale la pena destacar “My sweet lord”, “What is life”, “Beware of Darkness” y “All things must pass” (cuyo demo aparece en la tercera antología de los Beatles).

De allí en adelante lograría varios éxitos (“Give me love”, “All those years ago”, “Blow away”, “I’ve got my mind set on you”, “When we was fab”) y una colaboración con John Lennon en la canción “How do you sleep” en el álbum “Imagine”. También nombremos la participación en el grupo Traveling Wilburys junto a Bob Dylan, Roy Orbison, Jeff Lynne y Tom Petty.

Luego de años de apatía y críticas al pasado beatle (ilustradas en la canción "When we was Fab"), Harrison decidió ser parte de la Antología del grupo en 1995.

Hoy quedan en el recuerdo sus melodías, con la característica guitarra llorosa y siempre con un toque hindú… larga vida a la música de George Harrison.

miércoles, noviembre 21, 2007

TILL WAS THERE (o la balada del Chanta)


No sé cuántas veces ha quedado en evidencia lo chanta que es el Chanta... continuamente nos sorprende con algún invento de marca mayor, por lo que ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta si existe, si se tituló, si en verdad fue a Barcelona para cursar un doctorado o si el departamento que habita en el Metro Salvador lo arrienda...

A estas alturas es poco fiable cualquier antecedente...

Todos tienen algún invento para contar. Sin embargo, el Chanta me sorprendió mientras hablábamos sobre canciones de Los Beatles hacia 1998; justamente estábamos desentrañando las principales virtudes del álbum "With the Beatles" de 1963, tarareando temas, atribuyendo otros a Juan Ñaque ("Devil in her heart", si mal no recuerdo). De repente este mitómano amigo sale con la siguiente frase: "A mi me gusta una canción que se llama... se llama... ah, "Till was there"...

Debo reconocer que rompí en carcajadas luego que confundiera el nombre del tema "Till there was you". Ese fue el primer acercamiento con el mundo de fantasía del Chanta...

En otra ocasión, mientras íbamos al centro de Talca "en patota" en su auto, el Chanta dice reconocer a alguien a la distancia en la acera de Avenida Lircay, cerca del Hipersur... De pronto, una vez que estuvo cerca se desdice con un "ah, no conozco a este weón".

Todos aquellos que hemos compartido con él tenemos alguna chantería que recordar.

No obstante, el hombre se caracteriza por ser bonachón y buen amigo... algo caliente eso sí... en especial con las meseras de Orrego Luco...

lunes, noviembre 19, 2007

ZORBA EL ENANO


Dije que haría referencia al video que hicimos a principios de 1999... aquí estoy en el fotograma interpretando una versión bastante triste de Zorba el Griego; al son de las palmas de Juan Ñaque, Osmar Mamedo y el Bomba hacía esta miniparodia de Anthony Quinn.

Por aquellos años mis contertulios disfrutaban con estas humoradas, que en mi pequeñez e insignificancia resultaban más que ridículas. Sin duda me imaginaban como uno de esos bufones medievales, que por complacer a la corte hacían todo tipo de malabares; me atrevería a decir que se acordaban del enano de "Twin Peaks" o el personaje de la portada de "Drammi Gotici". De seguro se reían, como quien se burla de un lisiado... humor negro del más puro...

No obstante, yo disfrutaba haciendo payasadas, al igual que el resto de nosotros... en el video abundan caracterizaciones francamente notables.

Zorba el Enano se transformó en un clásico que no dudamos en inmortilizar mediante el video, un soporte técnico poco habitual para aficionados de fines de los noventa... baste esta foto para imaginar todo lo que hicimos... y aquello que no alcanzamos a hacer...

Ah... y hay más fotos... de todos...

viernes, noviembre 16, 2007

LA ANTESALA DE LA CUMBRE


Tras una buena cantidad de años, por fín se oficializa la realización de la primera cumbre de fracasados de la Utal... nótese que el marco de referencia para hablar de fracaso no tiene que ver con que si se egresó o no de Derecho, por eso también entra Juan Ñaque...

Como un adelanto de tan magno evento, el Chanta y nuestro rollizo compañero aprovecharon de hacer una visita protocolar a la residencia Alcaíno Santander (la foto); excelentes recuerdos hubo durante la noche del pasado miércoles, acompañándonos de vino (que como se aprecia en la gráfica hizo mella en el rosáceo y relleno rostro de Ñaque), risas y el notabilísimo video que realizamos en 1999 con Osmar Mamedo, Juan Ñaque, el Bomba, el Chiquis y un servidor...

Del archivo audiovisual ya me referiré en otra ocasión. En este momento me centró en dar cuenta de esta visita, con la cual se oficializó el evento del 1 de diciembre... miren las coincidencias del destino, el Chiquis también asistirá, a pesar de que debe animar el cierre de la Teletón... eso es cariño por los amigos...

A todo esto, Osmar Mamedo estará presente gracias a una videoconferencia, emulando la reunión de los Beatles de 1995 en "Free as a bird"...

Por ahora, que baste este avance... con seguridad la próxima reunión aumentará la cuota de kilos por participante...

lunes, noviembre 05, 2007

AL LIFFLE LO ENTIERRAN HOY


Parece mentira que hace nueve años estuve muerto... al menos ese fue el rumor que corrió en la Escuela de Derecho de la Universidad de Talca. Mis compañeros de ocio se encargaron de desperdigar entre el alumnado la trágica historia de mi prematuro deceso, acelerado por la impericia de un chofer de la línea de buses Talmocur, quien habría frenado de sopetón, haciendo que mi insignificante humanidad colisionara contra el parabrisas. Muerte inmediata rezaría en mi certificado de defunción.

El tema es que desaparecí de la escuela por unos días, y ya me tenían muerto y enterrado, como se aprecia en la escena que encabeza este recuerdo, creada por Juan Ñaque (nótense los problemas de proporción que aún sufre nuestro amigo a la hora de dibujar).

Hubo quienes se tragaron el embuste, como fue el caso de Juanito Macaca (a quien atribuíamos un seudo onanismo patológico), quien estuvo al borde de las lágrimas al conocer la noticia.

La broma pudo llegar más lejos, ya que Osmar Mamedo quiso publicar mi obituario en el diario El Centro de Talca, sin embargo, la iniciativa no prosperó. Más adelante haría un panegírico en video, en el que me dedica canciones y regala libros para la vida de ultratumba.

Luego adaptarían la canción "Tite" de Tommy Rey para "homenejearme"; "al Liffle lo entierran hoy, al Liffle lo entierran mañana..." sonaba en los pasillos de UTAL, era como la banda sonora de mi ida al más allá.

Pronto moriríamos varios, pero como estudiantes de derecho. No obstante, mi supuesta muerte es un mito arraigado en la historia del grupo, con una fuerza similar a publicitado fallecimiento de Paul McCartney a fines de los sesenta... y sin sacarme fotos a pata pelaá...

MALDITO BICENTENARIO



(Cuento perdedor del concurso Paula 2007)

¡Maldito bicentenario! Esa es una de las frases que más repito diariamente, ese año 2010 Santiago fue adquiriendo un aspecto plástico asqueroso. Son pocos los lugares que se mantienen incólumes de aquella manía concertacionista de dar un cariz cosmopolita a la capital de la nación.

Creo que esa fue la última frase que dije anoche en uno de los millones de domicilios que tengo. Me dormí como a las tres y media de la mañana en casa de Leandro, un hijo de inmigrantes peruanos que heredó de sus progenitores el arte de tocar zampoña.

Siempre me ha maravillado el modo en que realiza impresionantes matices con simples cáñamos huecos. Es como si en los genes de sus padres estuviesen guardados los aires carentes de oxígeno de las alturas del derretido Illimani, como si los últimos respiros de un pueblo andino concentraran en sus pulmones el clamor por no desaparecer.

Leandro es un talento escaso en estos días, ya no estamos en los años en que los folkloristas sobraban, irrumpían en microbuses, en peñas universitarias, en concentraciones comunistas. Hay dos razones para explicar todo: una, que no hay microbuses como los de antaño, las peñas desaparecieron; que decir del Partido Comunista. Y dos, que los sintetizadores acaban lentamente con los ejecutores de música, las zampoñas de Korg, Casio o Yamaha adquirieron desde el 2025 una fidelidad de sonido asombrosa.

Sin embargo, siempre habrá espacio en las sociedades avanzadas para lo excéntrico y tradicional. Leandro Torre es uno de los músicos más cotizados en tocatas tradicionales santiaguinas. En la semana puede llegar a ganar 1400 euros, dependiendo de la cantidad de eventos.

Antes nos sentíamos como Da Vinci o Miguel Ángel, como artistas únicos, como el bien más preciado de los mecenas actuales.

Cuando era niño pensé que esas lecciones de piano eran sólo un deseo paterno de darme aires intelectuales. Hoy agradezco que me hayan guiado por tal senda, que se me haya entregado las herramientas para vivir a expensas de ricos con ansias de vestirse con ropajes cultos, de darme el lujo de no tener domicilio, vehículo o profesión.

Me enorgullezco de ser el último pianista en Chile (eso dicen y me conviene creerlo), no hay nadie más en este país que sepa interpretar a Chopin o Lizst del modo magistral que merecen sus piezas.

Son las nueve de la mañana en casa de Leandro. A diferencia del resto de los visitantes, yo no traigo a cuestas una resaca. El tráfico de la calle Santa Isabel me llama y saca del sueño. La casa del zampoñero está en uno de los últimos cités del sector; tras el boom de construcciones hubo poquísimos que se salvaron. Yo responsabilizo a las constructoras del crimen contra la arquitectura clásica de Santiago Centro. Al menos hay respeto con la Iglesia de los Sacramentinos.

Me levanto lentamente del sillón rojo que me sirvió de cuna durante la noche, tratando de encontrar entre las decenas de cabezas somnolientas y alcoholizadas al dueño de casa. La zampoña ayuda en la búsqueda; le pego un soplamocos como una forma de despedirme para luego salir.

De inmediato noto el cambio de aire; pasé de un fuerte olor a alcohol a una estela fresca. Me cuesta pensar que nací en una ciudad contaminada, no me cabe en la cabeza que el smog haya sido en su momento una preocupación importante para los gobiernos. Tuvieron que venir unos japoneses a solucionar el problema: dinamitaron las angosturas de Paine y Chacabuco, santo remedio.

Sin embargo, como con la creación de sintetizadores, los japoneses trajeron los aires renovados y castrantes a Santiago. O pregúntenles a los vendedores de pastelitos en Paine. Bueno, los japoneses y el Bicentenario.

Bastan un par de pasos para encontrarme con el tráfico de Santa Isabel. Es mediodía y el “cauce” vehicular es constante. Cuando llego a Santa Rosa me encuentro con el primer microbús del día, los blancos con verde…cuentan que antes del Bicentenario eran amarillos, y que mucho antes eran multicolores. No alcancé a conocer ninguno de los antiguos formatos, mas, imagino el romanticismo que traían consigo. Gente vieja relata con entusiasmo como los choferes llenaban sus paneles con santos o insignias futboleras, como daban rienda suelta a su frustración mediante garabatos a escolares o carreras entorpecidas con colegas. Daría mi vida por subir a una “micro” así.

Por estos días tienen olor a amoniaco, parecen una clínica móvil. Por eso no subo, prefiero caminar y descubrir algún sitio virgen del influjo inhumano bicentenarista. Hace poco, caminando por Ñuñoa me encontré con una pequeña venta de antigüedades; había objetos de más de cien años. ¡Discos de vinilo, radios con diales manuales! Los DVD no eran algo muy novedoso, pero el resto de los artilugios me maravilló. Calle Caupolicán entre Girardi y Avenida Italia, no lo puedo olvidar.

Con tanto entusiasmo me fue imposible quedar en silencio, tuve que hablar con uno de los vendedores.
La señora Luisa me dijo que el rubro desaparecía lentamente, que ellos eran uno de los pocos sobrevivientes. Mi interlocutora tendría unos sesenta años. Arriscaba la nariz mientras sacudía con esmero un Super Nintendo en tonos grises y morados. Con ojos melancólicos contaba que las antigüedades eran un negocio común en todo Santiago, sin embargo, sólo quedaban a gran escala los galpones de Bío Bío, en Franklin.

No sabía de la existencia de semejante Meca de lo vetusto. Sin duda sería un deleite para mis deseos de respirar polvo y humedad. Ojalá la señora Luisa no me defraude con sus noticias.

Entre tanta reminiscencia reciente olvidé el asunto de los microbuses. Lo que tenía claro, eso sí, es que me habían bajado fuertes deseos de ir a ese sitio: no tenía nada que hacer. Rehice mi camino, tomé rumbo al oriente hasta llegar a San Isidro. Desde allí caminaría hasta encontrarme con el paraíso de las antigüedades.
Recuerdo que un día, transitando por Lira, me encontré con los resabios de una antigua red vial de tranvías. Como si la electricidad de aquellos móviles me impulsara según la ruta precariamente señalada (los años no pasan en vano).

Caminé unas diez cuadras hasta encontrarme en la confluencia de decenas de rieles. Como si se tratara del mapa a un tesoro sonreí como un niño. En calle Victoria, entre San Isidro y Víctor Manuel me encontré con una suerte de subestación de la antigua empresa Chilectra. Lo triste fue que todas las líneas se perdieron bajo una vereda de cemento. Sin duda fue un terminal de tranvías alimentados por la electricidad que siempre provenía de allí.

Por más que el Bicentenario trató de acabar con los últimos vestigios de clasicismo, no logró eliminar esos caminos de hierro en dirección a la nostalgia… tampoco los Galpones de Bío Bío. Santiago esta lleno de sorpresas para quien tiene deseos y tiempo de caminar, y por cierto, una fuerte cuota de imaginación.
A esta hora deben estar abriendo los ojos la “fauna” musical que departió conmigo durante la noche en casa de Leandro.

Dicen que soy racista porque los llamo peruanos, argentinos o ecuatorianos. Hablan de que estamos en un mundo sin fronteras, que las razas y las nacionalidades pasaron a un segundo plano. ¡Me importa un euro! Las naciones están en el subconsciente de cada cual, basta que un enojo aflore para que el más conciliador de nuestros compañeros de juerga saque a relucir su patriotismo.

Como siempre, ejemplifican con arengas “futboleras”, hablan de la selección sudamericana, de la rivalidad con los del Norte, bla, bla. Qué respeto puede inspirar un deporte que demolió estadios, cambio las graderías por las pantallas de TV y mandó el romanticismo y la tradición a la porra. Cuenta la historia que Santiago estaba lleno de estadios para el fútbol profesional. Hoy existe un solo campo, el Megaestadio de Quillín, un súper cubículo de cemento, cerrado a cal y canto, con decenas de canchas y cámaras como si fuese un antiguo set de televisión. Encima, el resultado vale la mitad; gana quien hace más goles y tiene el respaldo del público en la Internet.

El entorno es bastante soso y previsible, insisto que hace falta una alta cuota de imaginación para encontrar algún elemento original en el ambiente. Espero que el dato de la señora Luisa no me decepcione; por un lado que sea novedoso, y por otro que sea un estímulo para mi imaginación.

Entre tanto soliloquio, olvido que tengo compromisos profesionales en la noche; debo volver necesariamente a la casa de Leandro para que me lleven, no me haría ninguna gracia tomar un microbús o el Metro hasta Maipú.

Maipú es la cuna del tradicionalismo musical, el sector donde se reúne “La Retaguardia Musical”, los mecenas que llena la panza de músicos anticuados como yo. En sus dependencias existe uno de los últimos pianos Steinway del país. Lo cuidan como hueso de santo, tanto que no me permiten ensayar con él, para eso están los teclados.

La “Retaguardia Musical” pertenece a una gran asociación surgida tras el bicentenario, “Los Vengadores de Vicuña Mackenna”. Con el tiempo, y por acción de las burlas, redujeron el nombre a “Los Vengadores”, pero sólo para efectos comunicacionales.

A la “Retaguardia” llegué por mi ligazón con “Los Vengadores”; yo era quien acompañaba musicalmente las consignas antimodernizandoras y antilaguistas (parece una religión en la cual el ex presidente Lagos es Satanás) en diversos actos. Cuando supieron que interpretaba música clásica a los mecenas les brillaron los ojos y saltaron los bolsillos. Debe ser nueve años desde aquello.

En un principio, mi ingreso a “Los Vengadores” fue una válvula de escape para mi talento truncado y mis arrebatos de ira. Luego hice causa común contra el maldito Bicentenario, cuyo efecto espero no dure doscientos años. Comencé a encantar a mecenas, estuve al tope de los programas diseñados por nuestra “hermandad” (siempre me pareció ridículo el término).

Me sentí un Beethoven, no sólo por la idolatría que me rodeaba en cada presentación, también me transformaba en un ser sordo, carente de audición para lisonjas baratas, para comentarios desatinados, para ordinariez siempre presente, hasta en grupo humano más selecto. El mismo genio alemán sufrió los rigores de la incultura en su tiempo.

A veces me creía tanto el cuento de que era la reencarnación del compositor. Incluso, quise poner en práctica uno de sus arrebatos de narcisismo más recordados. Se cuenta que un día del año 1800 don Ludwig tocó al piano una partitura puesta al revés para poner en ridículo a Daniel Steibelt, su contrincante en un duelo musical. A Beethoven le resultó excelente la afrenta. A mí me atacaron por semanas ante semejante agravio. Claro que yo agregué que la política daba vuelta las cosas a su conveniencia. De ahí viene la dedicatoria.

No me gustaba ni me gusta hoy que sea un grupo tan abierto a gente sin sensibilidad artística. La política siempre se encarga de podrir toda creación humana, y “Los Vengadores” no fue la excepción. Muchos llegaban hasta los conciertos a gritas consignas entre movimientos de una sonata o sinfonía.

El aburrimiento me estaba colmando cuando una alternativa surgió de la nada (hago la diferencia con la no nada). Pronto se puso de moda recordar las peñas universitarias. Ya habían quedado atrás los años en que los folkloristas eran “unos comunistas de mierda”. Como decía antes, los comunistas ya eran un recuerdo, junto con los pinochetistas.

Se abrió un nuevo nicho musical, las zampoñas estaban de vuelta. Yo creo que se debió en parte a la presión del elemento peruano tan arraigado en la nación. Hay quienes los llaman los castellanos vascos del siglo XXI. Ridículo o no, puede tener asidero.

Ya me había ganado la antipatía de parte de “Los Vengadores”, “La Retaguardia” completa (eran más políticos). Disminuí mi presencia en actos de la agrupación y me dediqué a conciertos particulares con una variedad de estilos. De ahí viene mi multiplicidad de domicilios, pertenezco a todo Santiago. Maipú ya me había hastiado.

Sigo por Santa Rosa con su tráfico infernal. Paso al lado de una enorme funeraria con ataúdes refrigerados. En una casa cercana se escucha música de Haime Kers (un bajista veterano, loco y alcohólico, pero talentoso). El ambiente me empieza a enfermar.

Entre tanto ruido me viene a la mente el nombre de un antiguo teórico político, un tal Renán que asignaba una importancia decisiva a la nación. Un argentino me quiso impresionar hablando de ese autor.
Me es muy común tener esos arrebatos de memoria cuando me siento sobrepasado por el ruido, por los gritos insoportables del Bicentenario. ¡Como la Plaza de la Ciudadanía! Pero si es el génesis del afán laguista de transformar a Santiago en un problema de geometría. La historia cuenta que se trató de la primera gran obra del Bicentenario.

Se emplazó en el subterráneo un centro cultural en 2006, a cuya inauguración asistió la flor y nata del ambiente político y cultural chileno. El presidente mexicano Fox y la en aquel entonces recién electa Michelle Bachelet, tantos invitados que faltaría tiempo para nombrarlos a todos.
En aquellos días nadie suponía que la sonrisa de la novel mandataria sería sólo una fachada y un breve interregno para el todopoderoso Lagos.

Marzo de 2006 marcó el comienzo del régimen más silencioso y desconfiado de la historia reciente, en que la información era dosificada por el gobierno y los distintos ministerios. La desconfianza de Bachelet era notoria, no dejaba ninguna reunión o frase al azar; se cuenta que se reunía de uno con sus ministros para saber si alguno hablaba de más.

Y aunque el Bicentenario pasó a un segundo plano, hasta el regreso del Señor, el anquilosamiento de las grandes obras cubistas fue cubierto por un intento de igualar la gestión anterior con medidas sociales. Por ello, hoy se recuerda a Bachelet sólo por haber sido la única mujer en ocupar la Moneda.
De quien si hay recordatorios es de Lagos… especialmente en la Plaza de la Ciudadanía, dónde se yergue una gran estatua en su honor, en un espacio contiguo a Morandé, y que extrañamente quedó vacío tras el primer mandato del socialista.

Los arrebatos desaparecen en los galpones del Persa, donde encuentro mucha gente; es de una raza especial, es una masa de arqueólogos aficionados en busca de una reliquia invaluable.
Pronto grandes moles de cemento, vestidas con harapos en tonos burdeos descascarados hasta más no poder, se yerguen como la Meca de las antigüedades en Santiago de Chile. Como si fuese un depredador, me dirijo a una suerte de entrada de hormiguero, buscando miguitas vetustas, papillas de nostalgia y una humedad a niveles subterráneos.

No soporto mucho rato sin entrar, me sentí como un chanchito de tierra ante esa brisa de humedad de asilo, cerré los ojos por un instante y pensé que el lugar era atendido por puros viejitos, aquellos que vieron caer el muro de Berlín y la Unión Soviética, otros que se sienten orgullosos de haber repuesto la democracia en Chile. Es una seguidilla de cachureos inimaginables.

Las ánimas comienzan a penarme, la vida que alguna vez estos artilugios robaron a sus dueños circula como en un autódromo a velocidades inconcebibles. Los choques que me dan el resto de los visitantes al mercado persa pasan desapercibidos con respecto a las bofetadas de estos fantasmas huérfanos. Parecen decir que para preservarse, para no hundirse en la inercia debe rasgar la vitalidad y nutrirse de ella. El ocaso trae consigo cada tarde el encierro hasta el nuevo día, seres con identidad y utilidad puestas en duda, aterradas con manos poco delicadas y afanes recicladores.

Las revistas en el suelo son mendigos al borde de convertirse en engrudo, en cartas anónimas, en recorte para tareas escolares. Los VHS temen sufrir la suerte del Betamax, morir en piezas o ahorcados por las propias cintas que albergaban en sus compartimientos. Es como una salida desde la iglesia de las cosas, como un hospital de campaña de una guerra tecnológica de mediados del siglo XXI.

Me concentro en la cristalería añosa, me acerco a ella y observo a través del monóculo que se me antoja suprahumano, como un augur inanimado; finalmente me encuentro de frente con una colección de afiches, en los que aparecen íconos modernos, como el Che Guevara, Salvador Allende, Augusto Pinochet y el omnipresente Ricardo Lagos, entre otros.

Nunca les importó el país, ni las promesas, ni los programas gubernamentales. Su único objetivo fue quedar en la historia, transformarse en estampado para camisetas, posters, libros de colegio, piezas de museo. Patentaron palabras como Socialismo, Unidad Popular, Junta Militar… Bicentenario. La ciudad, el país y el mundo están llenos de estos elementos, que conscientemente o no seguimos y aceptamos.

El mundo es como una feria de antigüedades, se arrumban ideologías, hechos, monumentos que poco a poco pierden el interés del populacho. La “Retaguardia” caerá en uno de estos galpones un día, mi música será olvidada en cuánto se esfume el interés de los mecenas. Un día llegará un gobernante que se abandere con el tricentenario y haga olvidar al Laguismo… y no faltará alguien que reniegue y diga Maldito Tricentenario…

viernes, noviembre 02, 2007

EN HONOR AL CHIQUIS


"No hay guatón que no sea güena gente, ni pelao que sea sin vergüenza" reza una canción popular de Tito Fernández, el Temucano. Frase que por estos días calza a la perfección para nuestro estimado amigo el Chiquis; gordo ya era desde lo conocimos en la Universidad de Talca. La calvicie, no obstante, es un mal que lo viene a afectar ahora.

De buena gana aceptó nuestras chanzas durante los años que permanecimos en la Escuela de Derecho. Siempre con una sonrisa permanente (ora alegre, ora nerviosa), característica de este hijo ilustre de Cauquenes, triple de Don Francisco.

Anécdotas sobran... Cómo olvidar la ocasión en que Osmar Mamedo introdujo un tubo de pvc en la sala en que el Chiquis escuchaba atentamente una clase de Derecho procesal. Una vez que pedazo de plástico avanzó lo suficiente, Osmar hizó un resonante ruido de chancho que provocó una carcajada en la concurrencia y la ira de nuestro fiel compañero. Luego alegaría contra Mamedo que esas bromas "se hacen entre nos", a lo que Osmar contestó "entre Nos y San Bernardo".

También se nos ocurrió decir que era cubano, que había nacido en Camaguey, y que su real nombre era Chiquisbedto Abarzúa Vaca. Yo creo que eso obedeció a su parecido con Pachuco de la Cubanacán.
Otro elemento destacable de su personalidad era la preocupación excesiva por asuntos que no lo eran; sin ir más lejos, en una ocasión se estresó en demasía a raíz de nuestro gritos a un profesor desde fuera de una sala. Ilusamente pensó que lo regañarían por tener amistad con los desordenados.

Sin embargo, el Chiquis calmaba las angustias y el nerviosismo comiendo... recuerdo muy bien cuando antes de dar una prueba solemne de Historia del Derecho se tragó un par de completos bien sustanciosos del Establo (nótese que no se trata de una ironía). Parece que hizo efecto, ya que fue de los pocos que sacó un azul.

En un tono más personal, solíamos bromear con la rivalidad entre Cauquenes y Molina, obviamente con constantes arrebatos coprolálicos y descalificaciones gratuitas. También lo catalogaba de bueno para perturbarse, en clara alusión al onanismo.

Hoy por hoy el Chiquis lucha por terminar la carrera que empezó hace casi diez años... siempre con un completo en la mano y entonando la canción de Chichi Peralta "El bistec está algo tibio, el completo está algo tibio, no me gusta el especial, eso dirían los demás..."