lunes, noviembre 05, 2007

MALDITO BICENTENARIO



(Cuento perdedor del concurso Paula 2007)

¡Maldito bicentenario! Esa es una de las frases que más repito diariamente, ese año 2010 Santiago fue adquiriendo un aspecto plástico asqueroso. Son pocos los lugares que se mantienen incólumes de aquella manía concertacionista de dar un cariz cosmopolita a la capital de la nación.

Creo que esa fue la última frase que dije anoche en uno de los millones de domicilios que tengo. Me dormí como a las tres y media de la mañana en casa de Leandro, un hijo de inmigrantes peruanos que heredó de sus progenitores el arte de tocar zampoña.

Siempre me ha maravillado el modo en que realiza impresionantes matices con simples cáñamos huecos. Es como si en los genes de sus padres estuviesen guardados los aires carentes de oxígeno de las alturas del derretido Illimani, como si los últimos respiros de un pueblo andino concentraran en sus pulmones el clamor por no desaparecer.

Leandro es un talento escaso en estos días, ya no estamos en los años en que los folkloristas sobraban, irrumpían en microbuses, en peñas universitarias, en concentraciones comunistas. Hay dos razones para explicar todo: una, que no hay microbuses como los de antaño, las peñas desaparecieron; que decir del Partido Comunista. Y dos, que los sintetizadores acaban lentamente con los ejecutores de música, las zampoñas de Korg, Casio o Yamaha adquirieron desde el 2025 una fidelidad de sonido asombrosa.

Sin embargo, siempre habrá espacio en las sociedades avanzadas para lo excéntrico y tradicional. Leandro Torre es uno de los músicos más cotizados en tocatas tradicionales santiaguinas. En la semana puede llegar a ganar 1400 euros, dependiendo de la cantidad de eventos.

Antes nos sentíamos como Da Vinci o Miguel Ángel, como artistas únicos, como el bien más preciado de los mecenas actuales.

Cuando era niño pensé que esas lecciones de piano eran sólo un deseo paterno de darme aires intelectuales. Hoy agradezco que me hayan guiado por tal senda, que se me haya entregado las herramientas para vivir a expensas de ricos con ansias de vestirse con ropajes cultos, de darme el lujo de no tener domicilio, vehículo o profesión.

Me enorgullezco de ser el último pianista en Chile (eso dicen y me conviene creerlo), no hay nadie más en este país que sepa interpretar a Chopin o Lizst del modo magistral que merecen sus piezas.

Son las nueve de la mañana en casa de Leandro. A diferencia del resto de los visitantes, yo no traigo a cuestas una resaca. El tráfico de la calle Santa Isabel me llama y saca del sueño. La casa del zampoñero está en uno de los últimos cités del sector; tras el boom de construcciones hubo poquísimos que se salvaron. Yo responsabilizo a las constructoras del crimen contra la arquitectura clásica de Santiago Centro. Al menos hay respeto con la Iglesia de los Sacramentinos.

Me levanto lentamente del sillón rojo que me sirvió de cuna durante la noche, tratando de encontrar entre las decenas de cabezas somnolientas y alcoholizadas al dueño de casa. La zampoña ayuda en la búsqueda; le pego un soplamocos como una forma de despedirme para luego salir.

De inmediato noto el cambio de aire; pasé de un fuerte olor a alcohol a una estela fresca. Me cuesta pensar que nací en una ciudad contaminada, no me cabe en la cabeza que el smog haya sido en su momento una preocupación importante para los gobiernos. Tuvieron que venir unos japoneses a solucionar el problema: dinamitaron las angosturas de Paine y Chacabuco, santo remedio.

Sin embargo, como con la creación de sintetizadores, los japoneses trajeron los aires renovados y castrantes a Santiago. O pregúntenles a los vendedores de pastelitos en Paine. Bueno, los japoneses y el Bicentenario.

Bastan un par de pasos para encontrarme con el tráfico de Santa Isabel. Es mediodía y el “cauce” vehicular es constante. Cuando llego a Santa Rosa me encuentro con el primer microbús del día, los blancos con verde…cuentan que antes del Bicentenario eran amarillos, y que mucho antes eran multicolores. No alcancé a conocer ninguno de los antiguos formatos, mas, imagino el romanticismo que traían consigo. Gente vieja relata con entusiasmo como los choferes llenaban sus paneles con santos o insignias futboleras, como daban rienda suelta a su frustración mediante garabatos a escolares o carreras entorpecidas con colegas. Daría mi vida por subir a una “micro” así.

Por estos días tienen olor a amoniaco, parecen una clínica móvil. Por eso no subo, prefiero caminar y descubrir algún sitio virgen del influjo inhumano bicentenarista. Hace poco, caminando por Ñuñoa me encontré con una pequeña venta de antigüedades; había objetos de más de cien años. ¡Discos de vinilo, radios con diales manuales! Los DVD no eran algo muy novedoso, pero el resto de los artilugios me maravilló. Calle Caupolicán entre Girardi y Avenida Italia, no lo puedo olvidar.

Con tanto entusiasmo me fue imposible quedar en silencio, tuve que hablar con uno de los vendedores.
La señora Luisa me dijo que el rubro desaparecía lentamente, que ellos eran uno de los pocos sobrevivientes. Mi interlocutora tendría unos sesenta años. Arriscaba la nariz mientras sacudía con esmero un Super Nintendo en tonos grises y morados. Con ojos melancólicos contaba que las antigüedades eran un negocio común en todo Santiago, sin embargo, sólo quedaban a gran escala los galpones de Bío Bío, en Franklin.

No sabía de la existencia de semejante Meca de lo vetusto. Sin duda sería un deleite para mis deseos de respirar polvo y humedad. Ojalá la señora Luisa no me defraude con sus noticias.

Entre tanta reminiscencia reciente olvidé el asunto de los microbuses. Lo que tenía claro, eso sí, es que me habían bajado fuertes deseos de ir a ese sitio: no tenía nada que hacer. Rehice mi camino, tomé rumbo al oriente hasta llegar a San Isidro. Desde allí caminaría hasta encontrarme con el paraíso de las antigüedades.
Recuerdo que un día, transitando por Lira, me encontré con los resabios de una antigua red vial de tranvías. Como si la electricidad de aquellos móviles me impulsara según la ruta precariamente señalada (los años no pasan en vano).

Caminé unas diez cuadras hasta encontrarme en la confluencia de decenas de rieles. Como si se tratara del mapa a un tesoro sonreí como un niño. En calle Victoria, entre San Isidro y Víctor Manuel me encontré con una suerte de subestación de la antigua empresa Chilectra. Lo triste fue que todas las líneas se perdieron bajo una vereda de cemento. Sin duda fue un terminal de tranvías alimentados por la electricidad que siempre provenía de allí.

Por más que el Bicentenario trató de acabar con los últimos vestigios de clasicismo, no logró eliminar esos caminos de hierro en dirección a la nostalgia… tampoco los Galpones de Bío Bío. Santiago esta lleno de sorpresas para quien tiene deseos y tiempo de caminar, y por cierto, una fuerte cuota de imaginación.
A esta hora deben estar abriendo los ojos la “fauna” musical que departió conmigo durante la noche en casa de Leandro.

Dicen que soy racista porque los llamo peruanos, argentinos o ecuatorianos. Hablan de que estamos en un mundo sin fronteras, que las razas y las nacionalidades pasaron a un segundo plano. ¡Me importa un euro! Las naciones están en el subconsciente de cada cual, basta que un enojo aflore para que el más conciliador de nuestros compañeros de juerga saque a relucir su patriotismo.

Como siempre, ejemplifican con arengas “futboleras”, hablan de la selección sudamericana, de la rivalidad con los del Norte, bla, bla. Qué respeto puede inspirar un deporte que demolió estadios, cambio las graderías por las pantallas de TV y mandó el romanticismo y la tradición a la porra. Cuenta la historia que Santiago estaba lleno de estadios para el fútbol profesional. Hoy existe un solo campo, el Megaestadio de Quillín, un súper cubículo de cemento, cerrado a cal y canto, con decenas de canchas y cámaras como si fuese un antiguo set de televisión. Encima, el resultado vale la mitad; gana quien hace más goles y tiene el respaldo del público en la Internet.

El entorno es bastante soso y previsible, insisto que hace falta una alta cuota de imaginación para encontrar algún elemento original en el ambiente. Espero que el dato de la señora Luisa no me decepcione; por un lado que sea novedoso, y por otro que sea un estímulo para mi imaginación.

Entre tanto soliloquio, olvido que tengo compromisos profesionales en la noche; debo volver necesariamente a la casa de Leandro para que me lleven, no me haría ninguna gracia tomar un microbús o el Metro hasta Maipú.

Maipú es la cuna del tradicionalismo musical, el sector donde se reúne “La Retaguardia Musical”, los mecenas que llena la panza de músicos anticuados como yo. En sus dependencias existe uno de los últimos pianos Steinway del país. Lo cuidan como hueso de santo, tanto que no me permiten ensayar con él, para eso están los teclados.

La “Retaguardia Musical” pertenece a una gran asociación surgida tras el bicentenario, “Los Vengadores de Vicuña Mackenna”. Con el tiempo, y por acción de las burlas, redujeron el nombre a “Los Vengadores”, pero sólo para efectos comunicacionales.

A la “Retaguardia” llegué por mi ligazón con “Los Vengadores”; yo era quien acompañaba musicalmente las consignas antimodernizandoras y antilaguistas (parece una religión en la cual el ex presidente Lagos es Satanás) en diversos actos. Cuando supieron que interpretaba música clásica a los mecenas les brillaron los ojos y saltaron los bolsillos. Debe ser nueve años desde aquello.

En un principio, mi ingreso a “Los Vengadores” fue una válvula de escape para mi talento truncado y mis arrebatos de ira. Luego hice causa común contra el maldito Bicentenario, cuyo efecto espero no dure doscientos años. Comencé a encantar a mecenas, estuve al tope de los programas diseñados por nuestra “hermandad” (siempre me pareció ridículo el término).

Me sentí un Beethoven, no sólo por la idolatría que me rodeaba en cada presentación, también me transformaba en un ser sordo, carente de audición para lisonjas baratas, para comentarios desatinados, para ordinariez siempre presente, hasta en grupo humano más selecto. El mismo genio alemán sufrió los rigores de la incultura en su tiempo.

A veces me creía tanto el cuento de que era la reencarnación del compositor. Incluso, quise poner en práctica uno de sus arrebatos de narcisismo más recordados. Se cuenta que un día del año 1800 don Ludwig tocó al piano una partitura puesta al revés para poner en ridículo a Daniel Steibelt, su contrincante en un duelo musical. A Beethoven le resultó excelente la afrenta. A mí me atacaron por semanas ante semejante agravio. Claro que yo agregué que la política daba vuelta las cosas a su conveniencia. De ahí viene la dedicatoria.

No me gustaba ni me gusta hoy que sea un grupo tan abierto a gente sin sensibilidad artística. La política siempre se encarga de podrir toda creación humana, y “Los Vengadores” no fue la excepción. Muchos llegaban hasta los conciertos a gritas consignas entre movimientos de una sonata o sinfonía.

El aburrimiento me estaba colmando cuando una alternativa surgió de la nada (hago la diferencia con la no nada). Pronto se puso de moda recordar las peñas universitarias. Ya habían quedado atrás los años en que los folkloristas eran “unos comunistas de mierda”. Como decía antes, los comunistas ya eran un recuerdo, junto con los pinochetistas.

Se abrió un nuevo nicho musical, las zampoñas estaban de vuelta. Yo creo que se debió en parte a la presión del elemento peruano tan arraigado en la nación. Hay quienes los llaman los castellanos vascos del siglo XXI. Ridículo o no, puede tener asidero.

Ya me había ganado la antipatía de parte de “Los Vengadores”, “La Retaguardia” completa (eran más políticos). Disminuí mi presencia en actos de la agrupación y me dediqué a conciertos particulares con una variedad de estilos. De ahí viene mi multiplicidad de domicilios, pertenezco a todo Santiago. Maipú ya me había hastiado.

Sigo por Santa Rosa con su tráfico infernal. Paso al lado de una enorme funeraria con ataúdes refrigerados. En una casa cercana se escucha música de Haime Kers (un bajista veterano, loco y alcohólico, pero talentoso). El ambiente me empieza a enfermar.

Entre tanto ruido me viene a la mente el nombre de un antiguo teórico político, un tal Renán que asignaba una importancia decisiva a la nación. Un argentino me quiso impresionar hablando de ese autor.
Me es muy común tener esos arrebatos de memoria cuando me siento sobrepasado por el ruido, por los gritos insoportables del Bicentenario. ¡Como la Plaza de la Ciudadanía! Pero si es el génesis del afán laguista de transformar a Santiago en un problema de geometría. La historia cuenta que se trató de la primera gran obra del Bicentenario.

Se emplazó en el subterráneo un centro cultural en 2006, a cuya inauguración asistió la flor y nata del ambiente político y cultural chileno. El presidente mexicano Fox y la en aquel entonces recién electa Michelle Bachelet, tantos invitados que faltaría tiempo para nombrarlos a todos.
En aquellos días nadie suponía que la sonrisa de la novel mandataria sería sólo una fachada y un breve interregno para el todopoderoso Lagos.

Marzo de 2006 marcó el comienzo del régimen más silencioso y desconfiado de la historia reciente, en que la información era dosificada por el gobierno y los distintos ministerios. La desconfianza de Bachelet era notoria, no dejaba ninguna reunión o frase al azar; se cuenta que se reunía de uno con sus ministros para saber si alguno hablaba de más.

Y aunque el Bicentenario pasó a un segundo plano, hasta el regreso del Señor, el anquilosamiento de las grandes obras cubistas fue cubierto por un intento de igualar la gestión anterior con medidas sociales. Por ello, hoy se recuerda a Bachelet sólo por haber sido la única mujer en ocupar la Moneda.
De quien si hay recordatorios es de Lagos… especialmente en la Plaza de la Ciudadanía, dónde se yergue una gran estatua en su honor, en un espacio contiguo a Morandé, y que extrañamente quedó vacío tras el primer mandato del socialista.

Los arrebatos desaparecen en los galpones del Persa, donde encuentro mucha gente; es de una raza especial, es una masa de arqueólogos aficionados en busca de una reliquia invaluable.
Pronto grandes moles de cemento, vestidas con harapos en tonos burdeos descascarados hasta más no poder, se yerguen como la Meca de las antigüedades en Santiago de Chile. Como si fuese un depredador, me dirijo a una suerte de entrada de hormiguero, buscando miguitas vetustas, papillas de nostalgia y una humedad a niveles subterráneos.

No soporto mucho rato sin entrar, me sentí como un chanchito de tierra ante esa brisa de humedad de asilo, cerré los ojos por un instante y pensé que el lugar era atendido por puros viejitos, aquellos que vieron caer el muro de Berlín y la Unión Soviética, otros que se sienten orgullosos de haber repuesto la democracia en Chile. Es una seguidilla de cachureos inimaginables.

Las ánimas comienzan a penarme, la vida que alguna vez estos artilugios robaron a sus dueños circula como en un autódromo a velocidades inconcebibles. Los choques que me dan el resto de los visitantes al mercado persa pasan desapercibidos con respecto a las bofetadas de estos fantasmas huérfanos. Parecen decir que para preservarse, para no hundirse en la inercia debe rasgar la vitalidad y nutrirse de ella. El ocaso trae consigo cada tarde el encierro hasta el nuevo día, seres con identidad y utilidad puestas en duda, aterradas con manos poco delicadas y afanes recicladores.

Las revistas en el suelo son mendigos al borde de convertirse en engrudo, en cartas anónimas, en recorte para tareas escolares. Los VHS temen sufrir la suerte del Betamax, morir en piezas o ahorcados por las propias cintas que albergaban en sus compartimientos. Es como una salida desde la iglesia de las cosas, como un hospital de campaña de una guerra tecnológica de mediados del siglo XXI.

Me concentro en la cristalería añosa, me acerco a ella y observo a través del monóculo que se me antoja suprahumano, como un augur inanimado; finalmente me encuentro de frente con una colección de afiches, en los que aparecen íconos modernos, como el Che Guevara, Salvador Allende, Augusto Pinochet y el omnipresente Ricardo Lagos, entre otros.

Nunca les importó el país, ni las promesas, ni los programas gubernamentales. Su único objetivo fue quedar en la historia, transformarse en estampado para camisetas, posters, libros de colegio, piezas de museo. Patentaron palabras como Socialismo, Unidad Popular, Junta Militar… Bicentenario. La ciudad, el país y el mundo están llenos de estos elementos, que conscientemente o no seguimos y aceptamos.

El mundo es como una feria de antigüedades, se arrumban ideologías, hechos, monumentos que poco a poco pierden el interés del populacho. La “Retaguardia” caerá en uno de estos galpones un día, mi música será olvidada en cuánto se esfume el interés de los mecenas. Un día llegará un gobernante que se abandere con el tricentenario y haga olvidar al Laguismo… y no faltará alguien que reniegue y diga Maldito Tricentenario…

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