jueves, agosto 23, 2007

NIÑEZ JUNTO AL MONTE PELADO


Imbabura era sinónimo de pavor, su apariencia ruda y atemorizante, especialmente su cima rocosa, me provocaba un vacío en el estómago. Pareciera que Modesto Mussorgski se hubiese inspirado en él para componer “Una noche en el monte pelado”.

El volcán en algunas mañanas solía amanecer nevado en la punta, acentuando su aspecto grave; era como si tuviera canas, como si fuera un viejo cascarrabias a punto de estallar.

Ibarra había convivido durante largos años junto al macizo, siendo testigo de alguna erupción. Ni siquiera por eso mudaron la ciudad de allí; kilómetros más al sur, la ciudad de Baños ha sido destruida mil veces por el volcán Tungurahua, y la población regresa como si se tratase de una bandada de aves Fénix.

Desde el primer día que pisé la ciudad el Imbabura me produjo escalofríos, sentía que sus faldas se transformarían en grandes garras o que el volcán tornaría en un gran dinosaurio aprisionado durante millones de años bajo el sedimento. No faltan las viejas que hablaban de que el tapón sobre el cráter estaba trizado y que una nueva erupción era inminente. Otras veces decían que era base de ovnis sólo porque un rondín borracho lo había dicho.

Tuve más de una pesadilla por culpa de su aspecto tormentoso; una noche soñé que la punta rocosa volaba y caía sobre mí. Otra noche pensé que platillos voladores rocosos plagaban el cielo, anunciando una invasión extraterrestre.

Mis temores más grandes, empero, se hicieron presentes para el terremoto de 1987; la gente decía que había ruidos subterráneos, que el magma saldría por el cráter y que la ciudad sería arrasada… no hubo pesadillas, simplemente perdí el sueño.

Aunque pasen los años, aún sigo sintiendo en la panza un dejo de náusea, más que temor por el “cuco” de mi niñez.

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