lunes, julio 30, 2007

EL PRIMER DÍA DE TODA MI VIDA


Hay una frase cliché alusiva a la universidad que dice algo así como que es el comienzo del resto de nuestras vidas. No sé si todo el mundo compartirá tal visión absolutista del proceso educativo. Lo que es yo, pienso que en la mitad de mi paso por la Escuela de Periodismo, fue el inicio de la vida como tal...así de categórico.

Los pasillos del Alma Mater están impregnados de mil sentimientos, sensaciones, alegrías. Son testigos de cómo un vínculo fue creciendo hasta transformarse en la tónica vital de mi existencia. Era septiembre de 2003 cuando en el patio, en la sala de computación, en la biblioteca, la mujer más bella, amorosa y genial comenzó a estremecer mis sentidos. Su “mirada parlante” (son los ojos más expresivos y hermosos que jamás se pudiera imaginar) fue invitándome a una conversación cordial, su sinceridad fue liberando mi mente y mi confianza a grados jamás experimentados. El sol sirvió de luz para tales coloquios...aunque la propia luz de ella era suficiente para iluminarnos.

La escuela fue testigo de cómo ese vínculo incipiente fue creciendo, de cómo nos acercábamos a la graduación, al egreso con honores en la carrera de la felicidad. No hay diplomas, el estímulo más grande e inconmensurable es la mirada de la mujer de mi vida.

Pronto nos enamoramos, pronto la escuela se transformó irremediablemente en escenario privilegiado de nuestro amor, de nuestra comunión, de nuestro deseo de estar juntos para toda la vida. Pronto las cátedras, el tráfico de Avenida Ecuador, el incesante golpeteo de la mesa de ping pong se transformaron en la banda sonora de la historia de amor más grande de todos los tiempos.

Los años han dando cuenta de nuestra existencia, de cómo mostramos a la comunidad universitaria como se ama de verdad, de cómo demostramos sin rubor alguno manifestaciones de amor nunca antes expresadas, quizá jamás imaginadas. Como cada día a partir de aquel 1 de septiembre la escuela de Periodismo se transformó en una enorme obra de teatro llamada Paula y Rodrigo, responsables de que Shakespeare se tornase limitado y poco creativo.

En ese lugar conocí a quien hoy es mi esposa, encontré la felicidad, en buenas cuentas, me transformé en el hombre más afortunado del universo. Empezó la vida de dos seres, que tal como lo decía el zorro en el Principito “crearon vínculos”, el vínculo más importante e indisoluble.

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