martes, septiembre 13, 2005

Parlamentarias 2005: DEMOCRACIA DE BLINDAJES

Por Rodrigo Alcaíno Padilla

Hace algunos días, el conductor del noticiario nocturno “Última mirada” de Chilevisión, Fernando Paulsen, recriminaba a Ricardo Lagos Weber por haber declinado a su candidatura a diputado por Estación Central, porque su nombre provocaba problemas en la Concertación.

El periodista insistió en sus comentarios en la columna de opinión que escribe los domingos para el diario Siete, dejando de manifiesto que situaciones como la del hijo del Presidente, ponen en riesgo la democracia; por un lado, coarta la libertad de que cualquier ciudadano postule a un cargo público por su nombre. Por el otro, determina al electorado respecto a la supuesta inhabilidad de los parientes de políticos destacados:

“En un país que ya no da sus luchas por banderas utópicas, por causas que emocionen y hagan soñar despierto, el pragmatismo y la ingeniería política, más la excusa siempre a mano del sistema binominal, que fuerza a actuar como no se quiere ni piensa, toman posesión de las voluntades de los políticos y los hacen tomar decisiones equivocadas, esperando felicitaciones aplausos y reciprocidades equivalentes de sus socios”.[1]

La bajada de Lagos Weber tiene como trasfondo un fenómeno que se tornó más evidente durante este año, especialmente ante una petición de la DC respecto a sus candidatos al parlamento: el “blindaje”.

El fenómeno antes citado procura asegurar la elección de un candidato poniendo un compañero de coalición más débil, sin pensar en doblajes en las diferentes circunscripciones. Este era el pensamiento de Adolfo Zaldívar previo a la encuesta CEP de julio, actitud que fue transmitida al resto de los presidentes de partido en la Concertación.

¿Es pertinente y democrático promover los blindajes? ¿Se pasa a llevar la voluntad soberana propiciando una competencia dispareja? ¿Se intenta perpetuar a parlamentarios emblemáticos, como Andrés Zaldívar o Carmen Frei mediante estos procesos?

Norberto Bobbio plantea que la democracia real “se ve condicionada e incluso limitada por fenómenos como el aumento desorbitado de aparatos burocráticos apenas controlables, el elitismo tecnocrático y oligárquico de los dirigentes públicos y de diversos grupos de interés que restringen el modelo representativo, la mediatización e incluso manipulación de la participación política popular dada la escasa información cívica contrastada existente y la pasividad general, la privatización de lo público (el clientelismo, el consociativismo y la corrupción que en Italia se concretaron en fenómenos tan negativos como el sottogoverno, la lottizzazione y tangentopoli) y la reducción del garantismo (es decir, del Estado de derecho) por la imposibilidad de erradicar las prácticas irregulares del poder estatal oculto”.[2]

Entre los más férreos opositores a esta política concertacionista, que dista mucho de la competencia total que caracteriza a la Alianza por Chile en el ambiente pre-eleccionario, es el diputado Guido Girardi, quien con su postulación senatorial por Santiago Poniente pone en riesgo la permanencia en el parlamento de uno de los militantes más emblemáticos de la Democracia Cristiana, Andrés Zaldívar Larraín.

En declaraciones a Terra.cl, Girardi sostuvo que “se protege a personas que, tal vez, por sus propios medios no pueden ganar. Por lo tanto, es una democracia rara donde los que tienen el respaldo no pueden ser candidatos”.[3]

Además, consideró “lamentable que una coalición, la Concertación, que siempre históricamente (sic) había luchado por más democracia, por profundizar la democracia, que había recuperado la democracia para Chile, hoy día acepte los vetos, los blindajes”.[4]

En una perspectiva similar, Bobbio cree que “el principal defecto de la democracia representativa (la tendencia a la oligarquía partidista y al enquistamiento burocrático de la «clase política») sólo puede ser corregido en parte por la existencia de una pluralidad de oligarquías competitivas que den lugar a un cierto equilibrio y fuercen acomodos mutuos pactados. El pluralismo permite la libertad del disenso que no destruye la sociedad, sino que la integra, de ahí que la democracia sea asimismo la integración consensual del disenso. Sin subversión cualquier opción política tiene cabida en una democracia, de ahí que el debate pacífico y legal no sólo es posible, sino necesario y consustancial con el sistema”.[5]

Poco a poco la clase política ha ido enraizando sus usos en la generación y desempeño de los distintos cargos públicos, creando en el inconsciente colectivo la idea de legalidad.

Los blindajes, la bajada de candidatos con futuro o el mero hecho de encontrarnos en un sistema binominal es un punto en contra de la ciudadanía, es relativizar la voluntad soberana. En estas condiciones el voto popular pasa a ser un mero trámite, comparable con la publicación de una ley en el Diario Oficial.

A todas luces parece olvidado el concepto de Soberanía popular enunciado Jean Jacques Rousseau en su “Contrato Social”; la autoridad no es dominio de la “clase política”, “(debería) residir necesariamente en el cuerpo social que se ha beneficiado de la alienación de la soberanía de cada uno. El soberano tiene por órgano la voluntad general que no es otra cosa que la ley”.[6]

Nuestra democracia esta en duda, la capacidad de elegir a los candidatos que estimamos convenientes para desempeñar de mejor forma su labor en el Parlamento. Sin embargo, aún existe un remanente de soberanía popular, mejor que la sombra oscura que la dictadura legó y ancló en el espíritu cívico del pueblo de Chile. Aún hay prensa dispuesta a denunciar estos arrebatos oligárquicos.

Como diría Bobbio, “la democracia real es la forma política menos mala de gobierno conocida hasta el presente. Tal sistema no puede hacerlo todo, ni resolver muchos problemas, pero es insustituible para la coexistencia pacífica política y social y la continua adaptación no traumática de las siempre complejas relaciones entre el poder y los ciudadanos”.[7]

Sin embargo, no podemos permitir que estos defectos consabidos sirvan para ocultar un uso inmoral y atentatorio contra la base misma del sistema político. Tal como lo expone Fernando Paulsen en su columna, “la democracia, o es un camino de participación ciudadana, o es una palabra vacía. Y no puede la opción democrática ser un castigo ni una prohibición (para que) se bloquee a los que busquen llegar al servicio público siguiendo las reglas de la democracia, de la postulación ante el pueblo, a través de las negociaciones políticas”.[8]
[1] PAULSEN, Fernando, “Lagos Weber está equivocado”, Diario Siete, 7 de agosto de 2005, pag. 48.
[2] RODRÍGUEZ-AGUILERA DE PRAT, Cesareo, “Norberto Bobbio y el futuro de la democracia”, Universidad de Barcelona, Working paper N° 125, Barcelona, 1997.
[3] GIRARDI, Guido, http://www.terra.cl/, Miércoles 3 de agosto de 2005.
[4] GIRARDI, Guido, http://www.terra.cl/, Miércoles 3 de agosto de 2005.
[5] RODRÍGUEZ-AGUILERA DE PRAT, Cesareo, “Norberto Bobbio y el futuro de la democracia”, Universidad de Barcelona, Working paper N° 125, Barcelona, 1997.

[6] NOGUEIRA ALCALÁ, Humberto y CUMPLIDO CERECEDA, Francisco, “Derecho Político, Introducción a la política y Teoría del Estado”, Ed. Universidad Andrés Bello, Santiago, 1994, pag. 189.
[7] RODRÍGUEZ-AGUILERA DE PRAT, Cesareo, “Norberto Bobbio y el futuro de la democracia”, Universidad de Barcelona, Working paper N° 125, Barcelona, 1997.
[8] PAULSEN, Fernando, “Lagos Weber está equivocado”, Diario Siete, 7 de agosto de 2005, pag. 48.

No hay comentarios.: